viernes, 25 de febrero de 2011

LA ENSEÑANZA MUSICAL DESPUÉS DE “OPERACIÓN TRIUNFO”

Ahora que los vientos del ciclón Operación Triunfo comienzan a amainar, ahora que miles de adolescentes y jóvenes han mostrado interés por las enseñanzas que allí se han impartido y han envidiado la situación de los estudiantes de ese “centro”, deberíamos preguntarnos: ¿qué cauces formativos en áreas artísticas ofrece el sistema educativo a los jóvenes con inquietudes escénicas?
En los Conservatorios de Música jamás se interpreta una sola pieza de música pop; los planes de estudio de instrumentos y de canto se quedan en el repertorio de principios del siglo pasado; el jazz no ha pisado todavía las aulas de música; el cante, la copla y el flamenco, “por supuesto” que no tienen cabida en los Conservatorios. Los Conservatorios de Música desprecian lo popular y dan la espalda a la realidad.
En las Universidades, los estudios de Magisterio Musical, donde se forma a los futuros Maestros de Música, copian precariamente a los Conservatorios y hacen un especial hincapié en los cancioneros populares de raíz folklórica de canciones sobre la guerra o la reconquista cristiana que para los niños (sus futuros alumnos) no tienen ningún significado ni posibilidad de conexión. Cuando los niños cantarían con sumo gusto canciones de Walt Disney o de Operación triunfo.
En los Conservatorios de Danza se sigue bailando con tutú pasos de baile del siglo XIX, y la danza contemporánea, el gim-jazz o las coreografías pop o disco son rechazadas como inexistentes.
En las Escuelas de Arte Dramático se prepara a los jóvenes para que engolen la voz y la proyecten al fondo de la sala, rechazando de plano el trabajo actorial para el cine. Se desprecia el cine, su principal salida profesional y, como las otras entidades, dan la espalda a la realidad.
Y los tres ámbitos, música, danza y teatro, por mor de intereses corporativos y defectuosas planificaciones políticas, están absolutamente separados, cuando la expresión artística escénica requiere a menudo de la vinculación de las tres.
Así pues, como se ve, los centros públicos de Enseñanzas Artísticas son fuente permanente de insatisfacción y frustración.
Cuando me entero de que cien mil personas se han apuntado al casting para el próximo Operación Triunfo entiendo que es fácil percibir que muchos de ellos se habrán preguntado “¿cómo puedo yo prepararme para participar en el mundo artístico en cualquiera de sus vertientes?”, e imagino que habrán pensado en los Conservatorios y en las Escuelas de Arte Dramático. Pero nada de eso se fragua en nuestros centros. La paradoja es que siendo entidades artísticas, y por ello presuntamente llenas de ese espíritu de apertura que se espera de los artitas, son, por el contrario, enormes fósiles lastrados en el pasado.
A la Escuela Superior de Canto de Madrid las niñas vienen queriendo aprender a cantar “por la Rocío Jurado” o al estilo de Mónica Naranjo y las profesoras se ríen de ellas en las pruebas y jamás son admitidas. Y si alguna es admitida, se la sitúa “en la senda correcta” del belcantismo romántico.
Los chicos llegan a los Conservatorios queriendo tocar la guitarra eléctrica y se les enfoca hacia el punteo clásico acústico; los baterías desmelenados terminan tocando los timbales en la banda del pueblo; y los pianistas que querían imitar el jazz de Nueva Orleans o el nuevo Keith Jarret aporrean valses de Chopin que nunca asimilarán.
Una suma de despropósitos sin sentido. Estudian hasta 14 años en los Conservatorios (y no tres meses como los chicos de “Operación...”) y nunca consiguen subirse a un escenario y hacer vibrar a su público (el nivel de abandono es enorme: terminan la carrera uno de cada cien).
Yo amo lo clásico, pero no entiendo el rechazo a lo pop. La alternancia de lo antiguo y de lo moderno, de lo histórico y lo comercial es necesario. Las formas y estilos musicales hoy proceden de Norte América como antaño procedieron de Italia o Alemania, y rechazarlas es un absurdo acto de pedantería intelectualoide.
Querer ser un artista debe ser valorado positivamente ya sea para orientarse al campo clásico (que también tiene pretensiones comerciales), al jazzístico, al flamenco, al pop o a cualquier otro. Y las instituciones públicas no están facilitando esta clamorosa demanda social de la que en breve veremos nutrirse a las academias privadas. Preguntarse por el papel de los Conservatorios de Música, Danza y Arte Dramático y la Universidades vital para afrontar este nuevo milenio en el que no podemos seguir cometiendo los errores del pasado. Abrir las puertas a los intrumentos eléctricos, a los repertorios comerciales, al jazz, al flamenco, a las técnicas pop, a la mezcla entre disciplinas para la preparación de artistas totales (y no inexpresivas estatuas cantoras como en la ópera); abrir las puertas a otros tipos de baile; enfocar el estudio del arte dramático al cine; aceptar los cambios, en definitiva, es fundamental para la viabilidad del futuro artístico de nuestro país y de las posibilidades reales de hacer felices por medio del arte escénico a los intérpretes y al público del que vivimos.
El fenómeno social que ha resultado ser la Academia de Operación Triunfo no puede pasarse por alto en el ámbito educativo institucional de las Enseñanzas Artísticas. La adaptación es la clave de la supervivencia. Si seguimos inflexibles seremos inútiles, ridículos y nos quedaremos solos. Es necesario un cambio, una apertura a los estilos artísticos imperantes y dejar de escondernos en nuestro cobarde purismo yermo.

José Carlos Carmona

Profesor de Música de la Universidad de Sevilla

DOGMATISMOS EN LA MÚSICA CLÁSICA

El mundo de la interpretación musical lleva revuelto más de veinte años. Los intérpretes de música histórica tienen por misión re-construir para el público actual los planos que en forma de partituras dejaron los compositores de épocas pasadas. Todos los intérpretes, que por lo general estudiaron en Conservatorios, han reconstruido esas obras según los criterios que sus maestros, y luego su propio entendimiento, consideraron óptimos. El hecho de tomar una partitura y tocarla, además de requerir unos conocimientos y destrezas técnicas, requiere un planteamiento de lo que se quiere hacer con ella. Estos planteamientos siguieron una evolución desde el Barroco, Clasicismo y Romanticismo hasta nuestros días que debió ir impregnándose de todas las corrientes y modos de ver la música y de pensar la realidad. Cuando después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente comienza a reconstruirse y a encontrar la estabilidad suficiente para potenciar la economía y después el conocimiento y las artes, los músicos intérpretes comenzaron a plantearse los criterios heredados de interpretación, y mientras unos siguieron las enseñanzas de los movimientos inmediatamente anteriores (el Romanticismo, sobre todo), otros empezaron a revisar los escritos y maneras en que en el pasado, y de manera coetánea a los propios compositores, esas obras musicales se presentaron ante el público. Nombres como Nikolaus Harnoncourt, Christopher Hogwood, Fabio Biondi, Paolo Pandolfo, Philip Pickett, Philippe Herreweghe, Rinaldo Alessandrini y Ton Koopman, entre otros muchos, han llenado la discografía, y en algunos casos la bibliografía, de planteamientos que han sido llamados historicistas (aunque al comienzo se dio a conocer como el movimiento de la Aufführungs-Praxis –Interpretación históricamente basada– o Movimiento “históricamente informado”).
         Este movimiento, que en un principio creó un gran debate entre especialistas         , ha tenido como consecuencia –y he aquí el núcleo del problema– una enorme oleada de posturas intransigentes con relación a los intérpretes que no han seguido los postulados de este movimiento (por lo demás, no demasiado claros); una posición que, si en ámbitos de crítica musical podía estar justificada por la “moda” historicista, en el ámbito de los jóvenes estudiantes e intérpretes de música ha llegado a forjarse como un fuerte fundamentalismo. Para muchos jóvenes y algunos críticos, la música culta termina con la muerte de Bach en 1750, y de Beethoven saben tanto como de Nino Bravo: lo han oído en alguna sintonía de televisión y saben que existió. Por supuesto, para estos jóvenes y esos críticos, la Pasión Según San Mateo no se puede interpretar con un coro de más de 27 cantantes (como hizo Bach en su estreno), y lo demás es ¡blasfemia!
Recientemente, un crítico musical escribía: “Hoy en día ya no es posible seguir aproximándose al mundo del Clasicismo y del primer Romanticismo con criterios de interpretación Postrománticos y seguir ignorando cuantas enseñanzas nos transmite la escuela de interpretación histórica”. Esta posición intelectual que cualquier persona razonable quizás podría apoyar, posee, sin embargo, algunas aristas interesantes que debemos revisar, provenientes no tanto de la Historia como de la Estética, es decir, de la reflexión sobre lo que supone en sí el hecho interpretativo. La pregunta básica sería: ¿cuál es la función del intérprete, de ese re-constructor de planos musicales del pasado?
Existen, al menos, cinco criterios de interpretación musical que pueden ser utilizados independiente o combinadamente. 1. La interpretación literal, esto es, reconstruir estrictamente el contenido escrito de la partitura sin tener en cuenta otros factores como los estilísticos, históricos, sociológicos, etc. 2. La interpretación subjetiva, que implica el intento de reconstruir el ideal sonoro que pretendía el compositor, criterio en el que hay que tener en cuenta que el autor quizás no siempre pudo tener a su alcance los medios técnicos y humanos que deseó y que nunca podremos conocer con exactitud. 3. El criterio historicista (el defendido por los dogmáticos de los que hablamos), que supone el intento de reconstruir el sonido tal como fue interpretado en su época, aunque el compositor se estuviera quejando siempre de los resultados. 4. El criterio objetivo, que pretendería reconstruir el “espíritu” de la obra más allá de lo que quisiera (o pudiera) el autor, o más allá de como se escuchó en la época. Y el último de los criterios razonables es: 5. El criterio de la libertad interpretativa, por el cual el intérprete puede hacer un uso arbitrario de la obra a su total gusto y capricho, tal como se hace en teatro con los textos dramáticos.
Podríamos ahondar en los aspectos positivos y negativos de cada una de estas pautas, pero lo que nos importa es que el mero hecho de la existencia de estos cinco criterios nos debería dejar claro que el criterio historicista es sólo uno más entre los criterios posibles, y lo demás es –como decía P. H. Lang, profesor de Musicología de la Universidad de Columbia y afamado crítico musical– “dogmatismo radical, cuanto menos peligroso”.
Reconstruir sólo históricamente el sonido que se produjo en la época en la que se estrenó la obra, cuando la sociedad es distinta, los entornos sonoros e ideológicos son distintos, la percepción de conceptos como velocidad e intensidad es distinta, etc. supone abocar al intérprete musical a una tarea eterna de imitación mecánica del pasado y de conservador museístico (digno como profesión, pero cuestionable como misión artística).
Desde mi punto de vista, el éxito de la discografía de intérpretes historicistas se ha debido a dos razones meramente comerciales: la primera: el movimiento ha conseguido que todo amante de la música renueve su colección completa de discos; y la segunda: los beneficios económicos de los intérpretes se han elevado al tener que repartir entre menos y al ser menos costosas sus contrataciones. Hay que reconocer que es absolutamente legítimo que los aficionados hayan querido saber cómo se interpretaron, más o menos, las obras en su tiempo. Lo malo es hacer creer, amparados en los datos históricos, que esa es la “verdad” de la obra. Si ser amantes del arte no nos lleva a la tolerancia espiritual (y por tanto estética), flaco favor estamos haciendo a la humanidad con él. Los críticos y los profesores deberían dejar de alentar cierto maniqueísmo purista que ya empieza a estar trasnochado y de vuelta en otras latitudes. En los últimos años, afortunadamente, estamos asistiendo a una distensión de los planteamientos puristas por parte de algunos intérpretes que comienzan a defender una mayor libertad interpretativa.      Muchos de estos intérpretes se escudan, con razón, en que fueron los demás los que dijeron que su interpretación era la “verdad” musical, aunque ellos mismos nunca lo defendieron. Es muy curioso observar cómo se han creado movimientos puristas entorno a estos líderes musicales y sus recreaciones, igual que se han fundado iglesias a lo largo de la Historia entorno a buenas personas y sus mensajes que luego se convirtieron en dogmas.
         Siempre se ha creído que el conocimiento y el arte han llevado a la libertad y la tolerancia, pero no hay que bajar la guardia en estos ámbitos, porque el poder de poseer datos empíricos puede producir monstruos.



José Carlos Carmona
Profesor de la Universidad de Sevilla

jueves, 24 de febrero de 2011

REFLEXIONES ENTORNO A LOS 15 PRIMEROS COMPASES DE LA OBERTURA DE LA FLAUTA MÁGICA DE MOZART

Tradicionalmente, la interpretación de los primeros 15 compases de la obertura de la Flauta Mágica de Mozart han sido interpretados en un pulso de corchea (esto puede oírse en las grabaciones de alguno de los grandes directores como Karl Böhm en sus versiones grabadas de 1955 y 1964, Otto Klemperer, Sir Georg Solti y Sergei Evgenin o incluso en alguno de los menores como Klaus Arp o Stores Niversson). La partitura establece que la velocidad ha de ser la de Adagio, pero –y aquí es donde aparece el núcleo del problema– el compás que propone Mozart es el compás de compasillo binario (esto es, una C partida por una barra vertical). En principio, un compás binario como este viene a representar que ha de marcarse a dos, o sea, en dos pulsos; no obstante, muchos teóricos plantean que la caracterización del compás (en este caso el compasillo binario) es un referente con efectos armónicos más que rítmicos. Esto quiere decir que al establecer Mozart un compás binario al comienzo de la obra está especificando que sus armonías se van a regir por las reglas que afectan a compases que sólo tienen una parte fuerte y una débil, lo que implicará más libertad a la hora de establecer notas de paso, justificación de disonancias y respeto a las leyes de los acordes sólo en dos puntos de cada compás y no en cuatro como hubiera sido en el caso de que el compás hubiera sido simplemente de compasillo (sin la barra vertical), como un tradicional 4/4.
El pulso de corchea al que los grandes directores han venido marcando este tempo de Adagio está convirtiendo este compás binario (de dos pulsos diferenciados) en ocho (¡!) pulsos diferenciados. La justificación a simple vista parece ser la de que el término Adagio permite alargar la velocidad hasta tal punto que se pueda convertir en ocho lo que era dos. Hay que reconocer sin embargo, que ejemplos de estos se vienen dando a menudo a lo largo de la historia sin el más mínimo pudor ya desde el Barroco sin que los tratadistas se hayan hecho eco de esta teórica incongruencia. Hasta aquí, bien, entonces. Démoslo por bueno.
Pero si estudiamos esta partitura con más detenimiento observaremos una serie de incongruencias que nos deberían llevar en principio a replantearnos si lo que la tradición ha estado haciendo era lo que Mozart quería realizar en verdad.
Es cierto que a partir del compás 16, donde ya Mozart establece como nuevo tempo el de Allegro, la lógica del compás binario es aplastante y podría justificar que por mantener una cierta unidad hubiera planteado el compás binario desde el principio diferenciando sus tempos sólo por los conceptos agógicos (Adagio y Allegro).
¿O no? ¿Por qué no podía, Mozart, poner primero Adagio en compás de compasillo y después Allegro en compás binario?

¿Fue, Mozart, preciso en la escritura de esta partitura?
¿Estamos pensando, arrastrados por su leyenda, que Mozart pudo escribir la pieza de prisa y corriendo sin fijarse demasiado en los detalles contando –como así luego fue– con que él mismo sería el director de la orquesta en su preparación y ejecución? Pues no. Y lo voy a demostrar llamando la atención sobre los delicados detalles de preocupación por lo bien hecho que podemos ver en la partitura. Para empezar, sólo hay que fijarse en el primer acorde de la orquesta: todos los instrumentos tienen escrito el matiz f, excepto los violines primeros que tienen escrito ff y los violines segundos que tienen un sf. ¿Son estos detalles muestra de dejadez? Más aún, en el compás quinto todos los instrumentos de viento metal tienen un sfp, mientras que el timbal tiene sólo una f . Imaginamos que Mozart sabía con claridad lo obvio: que la intensidad del golpe se iba a ir atenuando creando de suyo un efecto sfp. Pero es otra muestra de trabajo pormenorizado de la escritura musical.
En el mismo acorde, violines y violas no hacen sfp como los vientos y los bajos sino sf, para, al parecer, cederles el protagonismo hasta la última parte del compás donde por fin sí aparece la p que los coloca en igualdad de plano sonoro con las demás voces.
Por último, como otra prueba de que estos quince compases fueron muy bien planificados por Mozart, podemos ver en los compases 13 y 14 cómo mientras todos los instrumentos tienen sf, los trombones (temiendo, posiblemente, el poder de su fuerza) tienen escrito mfp.
En definitiva, creo que queda suficientemente probado que cuando Mozart escribe alguna anotación, por mínima que sea, en la partitura (o por lo menos en esta partitura) lo hace a conciencia de lo que busca.
De esta manera podemos volver a preguntarnos: ¿tiene sentido que escriba un compás binario y un tempo Adagio para querer pedir que la unidad de pulso sea la corchea?

El valor de la semicorchea y la duración de los silencios
La tradición musical se toma otra libertad en estos primeros compases: aplica el valor de corchea a las semicorcheas en anacrusa de cada parte fuerte de los compases 2 y 3. Y, lo que es aún más arbitrario, convierte el tresillo de fusas de los violines primeros del compás 3 en tresillo de semicorchea. Robándo, obviamente, en cada caso, esa parte de tiempo a los silencios precedentes.
Cuando uno observa esto en las grabaciones empieza a sospechar.

Pero para mí, toda esta reflexión se tornó investigación cuando, preparando la ejecución de esta obra, observé que, además, los grandes maestros no conseguían que el silencio con calderón de estos tres primeros compases se alargase perceptiblemente. Es decir: al ejecutar este comienzo de obra en un 4/4 subdividido (una especie, por tanto, de 8/8), el silencio de negra más el silencio de corchea (ya hemos dicho que el puntillo del silencio de corchea se lo comían) duraba exactamente su valor, aunque Mozart le escribió un calderón encima al silencio de negra que nadie respeta.
¿Y por qué no han podido respetar, alargar, el silencio escrito por el compositor? Porque subdividido el pulso el silencio es suficientemente largo de por sí.
A lo largo de mi experiencia como Director he descubierto que los silencios tenían mucho que decirme –como decía Casals: "los silencios también son música (Blum 1980, 108)"– (revise el que pueda o recuerde, el larguísimo silencio del final del motete Locus iste de Bruckner o los silencios, muy similares a estos, del comienzo de la Obertura Egmont de Beethoven: si la obra se lleva muy lenta, los silencios se muestran absurdamente largos y claman que todo lo anterior se revise para que su duración se acople a una lógica discursiva razonable). Así mismo, si intentaba alargar el silencio, tal como el calderón que había escrito Mozart me lo pedía, en la Obertura de la Flauta Mágica con pulso de corchea, todo perdía sentido y las notas y los acordes se quedaban colgados como si no fueran de nadie, como si no pertenecieran a un mismo discurrir musical. Por eso los grandes maestros no llegaban a realizar el calderón. Pero, entonces... ¿Mozart escribió de más, se equivocó?
Mucho más evidentes son estas incongruencias en los seis compases en los que se reexponen estos acordes introductorios en los compases 97 a 102 de la obertura. Mozart, después de desplegar todo el tema fugado del Allegro, relaja las tensiones volviendo a presentar estos acordes a modo de fanfarria antes de que vuelva a desarrollarse el tema principal ligero. Sin embargo, la notación varía porque después del segundo acorde de blancas encontramos un silencio de blanca con calderón más un silencio de negra y corchea con puntillo, antes de que vuelva a aparecer la semicorchea anacrúsica del siguiente acorde. Aquí sí que no hay manera de, a esa velocidad (pulso de corchea), respetar su estricta duración más calderón. Los maestros arriba indicados ¡ni siquiera llegan a respetar la duración de los silencios sin calderón (imagínense si esperasen todo su tiempo más un breve añadido por el calderón)!, y se ven en la necesidad de acometer el siguiente acorde porque el silencio se les hace eterno.

Las notas a contratiempo y el sentido de las síncopas
Hay aún dos elementos más que nos hacen dudar del pulso de corchea al que los grandes directores marcan este tempo Adagio de la Obertura: el primero es el dibujo que los violonchelos, los contrabajos y los fagotes realizan en los compases 4º y 6º. Marcándolo de manera subdividida, la negra con doble puntillo queda enormemente extensa (tres pulsos) y la semicorchea parece convertirse casi en una apoyatura de la siguiente nota. Sin embargo, en compás binario marcado a dos (en pulso, por tanto, de blanca), el diseño de ese compás queda compacto y unitario creando la sensación de "pasos misteriosos", como si un gran ogro caminara a puntillas.
El otro elemento es el sentido de síncopa en la intervención de los trombones en los compases 9 y 11, y la de los trombones, las trompas y los clarinetes en los compases 13 y 14. Porque si esas notas se ejecutan a pulso de corchea adagio el carácter de síncopa se pierde por completo. Y viendo esas notas ahí sueltas uno se pregunta: ¿de verdad que el interés de Mozart era sólo el de rellenar una parte medianamente vacía?, ¿o era la de crear un efecto sincopado cuando se marcara a blanca en tempo adagio?
A mí me parece tan evidente la segunda opción que no puedo entender cómo la tradición ha asentado la opción contraria a través de los tiempos.
En este mismo sentido, la síncopa en la melodía de los violines a partir del 4º compás también se pierde si el pulso va subdividido y no así si se lleva a dos.

El sentido de la obra
Como todo el mundo sabe, en La flauta mágica se contraponen dos mundos, el de lo real y el de lo sobrenatural; y dos sensibilidades, el amor y la maldad.
Las oberturas, como las introducciones de todos los trabajos de investigación, se suelen realizar, también, una vez concluida la obra. Porque en ese, y sólo en ese, momento es cuando el creador sabe qué es lo que ha escrito y está en condiciones de poder presentar los temas de lo que será el contenido de su obra. Pues bien, es comprensible que la presentación de la obra tenga tintes dramáticos y oscuros, muy del estilo de los himnos masónicos que aparecerán al final de la obra y que quizás justifiquen tanta lentitud. Pero, por otra parte, manteniendo el pulso de blanca en Adagio también se puede conseguir un cierto carácter solemne, y las semicorcheas de la melodía en el 5º y 7º compás nos pueden ir sirviendo de introducción para reconocer las semicorcheas del tema fugado que se despliega a partir del compás 16.

Resumen y propuesta
En suma: si observamos las grabaciones de los grandes Maestros, este Adagio en compás binario lo marcan a pulso de corchea y de ahí que: primero, no respetan la indicación del calderón sobre el silencio de negra en los tres primeros compases porque se les haría demasiado larga la pausa; segundo, las semicorcheas de las anacrusas del primer y segundo compás la miden como corchea, quitándole su sentido de quassi mordente romántico; tercero, no respetan el tresillo de fusas del compás 3º convirtiéndolo en tresillo de semicorcheas; cuarto, el dibujo de los violonchelos y contrabajos en los compases 4º y 6º se queda sin sentido; y quinto, se pierde el carácter sincopado en la melodía de los violines en el compás 4º y en la intervención de los trombones y trompas y clarinetes en los compases 9º, 11º y 13º y 14º, respectivamente.
Hemos demostrado que Mozart no escribió las anotaciones de esta partitura descuidadamente, por los detalles de los diferentes matices en los violines primeros y segundos en el compás 1, y del timbal y la cuerda en el compás 5, etc.
Por tanto, concluyo que sería interesante una revisión de los criterios de interpretación del Adagio de esta Obertura en base a los siguientes argumentos: primero, Mozart escribió que la obra debería interpretarse en un compás binario, por tanto a pulso de blanca; segundo, así marcado, el calderón sobre el silencio de negra en los compases 1º, 2º y 3º encontraría sentido; tercero, así marcado, el sentido del dibujo melódico de los bajos en los compases 4º y 6º encontraría sentido; cuarto, así marcado, el carácter sincopado de la melodía en el compás 4º y de los rellenos armónicos de los vientos en los compases 9º, 11º, 13º y 14º encontrarían sentido; y quinto, los contratiempos a semicorchea y el tresillo de fusa de los tres primeros compases deberían hacerse con la medida que está escrita y no ampliando su duración.
Y todos estos análisis, en una reducción de orquesta para piano se ve con muchísima más facilidad, porque es imposible concebir al piano que un acorde de notas blancas pueda durar ocho pulsos, y posiblemente Mozart trabajara sobre este instrumento en la creación de sus obras.

A lo largo de la historia de la interpretación musical (no tan extensa como podamos imaginar: porque la mayor parte de los intérpretes hasta bien entrado el Romanticismo sólo interpretaban su propia obra) se han ido estableciendo unos usos que, indefectiblemente, también deben servirnos como criterios interpretativos, y en este caso la tradición establece que esa obertura se marque a pulso de corchea lenta. No obstante la tradición, revisar los criterios en base a los elementos escritos es, desde mi punto de vista, una obligación científica y artística de todo intérprete. Revisión que, como esta, se ofrece a la comunidad investigadora y musical para que presente, si lo cree conveniente, alegaciones a lo aquí expuesto.
La interpretación literal de las partituras no tiene por qué ser la única opción, aunque quizás obedecer lo escrito debiera ser nuestro primer compromiso como intérpretes; queda bajo nuestra responsabilidad, pues, trabajar en mayor o menor medida con el margen que la partitura nos ofrece.


Discografía comparada:
- Mozart, W. A. La flauta mágica. Orquesta Filarmónica de Berlín, Director: Karl Böhm. Deutsche Grammophon. 1964.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. Wiener Staatsopernchor – Wierner Philharmoniker. Director: Karl Böhm. Nota blu, 1955.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. Philarmonia chorus & orchestra, Director: Otto Klemperer. EMI CLASSICS, edición de 2000.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. Wiener Philharmoniker - Wiener Staatsopernchor, Director: Sir Georg Solti. Decca, 1986.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. St Petersburg Festival Symphony Orchestra, Director: Sergei Evgenin. HDC (no consta fecha).

- MOZART, W. A. La flauta mágica. Orquesta Sinfónica y Coros de Baden-Baden, Director: Klaus Arp Saccá. Alfadelta. 1992.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. Orquesta Filarmónica de Hamburgo. Director: Stores Niversson. Gestec, 1992.

- MOZART, W. A. La flauta mágica. London Philharmonic Orchestra. (No consta el director). Ed.: Serdisco. 1993.
Bibliografía:
- BLUM, D.
1980 Casals y el arte de la interpretación. California Paperback
Edition; ed. Cast.: Trad. T. Paul Silles, Barcelona, Idea Books, S. A., 2000.

- DOWNS, P. G.
1992 Classical Music, W.W. Norton & Company, Inc.; Ed.
Cast.: La música Clásica, trad. Celsa Alonso, Madrid,
Akal, 1998.

Análisis musical de Madrigales de Monteverdi

EN LOS ALBORES DE LA ÓPERA:
ANÁLISIS MUSICAL DE MADRIGALES DE MONTEVERDI
Prof. José Carlos Carmona
Texto para la conferencia del ciclo Música, Voz, Texto. Una introducción a la ópera desde la programación del Teatro de la Maestranza. Organizado por la Universidad de Sevilla, la Universidad Internacional de Andalucía y el Teatro de la Maestranza de Sevilla. 2 de diciembre de 2004.

A veces se habla de que Monteverdi está situado entre dos periodos que abarcan los cambios estéticos de los siglos XVI y XVII, pero en realidad no parece que él estuviera entre dos eras sino que él puso los basamentos de una época que habría de nacer con su impulso. Siendo un innovador, no fue, sin embargo, como lo señala Roger Tellart: un iconoclasta de los que hacen borrón y cuenta nueva con el patrimonio heredado. De hecho, el músico Monteverdi recuerda siempre el pasado, más allá de cualquier descubrimiento, y es solidario con su tiempo y con los progresos de la modernidad musical. Seguir la gloriosa carrera de Monteverdi significa entrar de lleno en la aventura de la música occidental, que vivía entonces una de las principales revoluciones de su historia, pues en menos de medio siglo el arte de los sonidos en Europa cambió completamente de aspecto “pasando de un concepto fuertemente ligado todavía al mundo medieval a un modus operandi de forma y espíritu totalmente modernos”.
En el origen de estas transformaciones decisivas se halla, sin duda, la evolución de las mentalidades, modeladas por un humanismo existencial que vuelve a situar al hombre en el centro de la naturaleza y el universo, pero plenamente vivo, sin falsos pudores ni complejos, partiendo de la Antigüedad y en armonía con la fe cristiana, que admite en todas las cosas la creación del Creador.
En este contexto, la música (una parte del ser humano) se vuelve hacia el hombre y redescubre al individuo, dando preferencia a la idea dramática y recurriendo a una amplia gama de sentimientos y afectos, de impulso vital y dionisíaco teñido de angustia metafísica.
A partir de ese momento, una de las prioridades de los compositores fue la de mantener relaciones retóricas nuevas con la palabra y su poder. En efecto, al verse implicados en el debate de las emociones que giraba en torno al inevitable conflicto amoroso, no podían menos de encontrar en su reflexión y su trabajo el importante problema de “cómo hablar con música”. Un problema, en realidad, bastante anterior, pues ya ocupaba el centro de la problemática polifónica del madrigal más de medio siglo antes del nacimiento de la ópera.
En este sentido, cuando el joven Monteverdi apareció en medio de las circunstancias de la época, el madrigal reinaba soberano en la escena de la música italiana, como un auténtico signo de identidad en el que se reconocía todo un pueblo. Por toda Italia se percibía el mismo rumor perturbado o melancólico, el mismo bordoneo de emociones o confesiones, las mismas miniaturas tiernas, casi siempre a cinco voces. Numerosos autores componían instantes de pura felicidad pastoral; madrigales destinados a las cortes vanguardistas de los Ferrara y de los Gonzaga en Mantua, entre otros. El género madrigalesco multiplicaba de esas distintas formas las variaciones (a veces festivas, a menudo llenas de aflicción) sobre la “guerra del amor”, cuyo cronista inspirado será por excelencia Monteverdi.
Nació el 15 de mayo de 1567 y siguiendo la práctica de la época, pasó por las escolanías y las capillas. Animado por su padre, médico y boticario con farmacia cerca del duomo, el pequeño Claudio recibió una formación completa con Ingegneri, sabio polifonista en la línea de Palestrina. El niño, miembro de la escuela de música de la catedral, se inició en la polifonía eclesiástica, en aquel stilo osservato convertido en Ars perfecta, imagen de una perfección formal, con sus reglas y figuras en contrapunto imitativo que los compositores franco-flamencos habían difundido por toda Europa.
Precisamente durante esos años de aprendizaje, el madrigal no dejó de acrecentar su dominio en el terreno profano, gracias a una polifonía cada vez más expresiva y liberada, en la que el presentimiento de una armonía ya “vertical”, basada en la noción de acorde, se asociaba al sentido de la ruptura cromática sobre ritmos que se hacían de buena gana cromáticos. En ellos hay a menudo una especie de esbozo de lo que será la declamación dramática introducida por los melodramatistas florentinos en los años finales del siglo XVI.
En 1582 (con 15 años) el Monteverdi adolescente que había aprendido también a tocar la viola, compuso una primera colección de Sacræ Canticulæ a tres voces, marcada por la influencia de Ingegneri. Le seguirán unos Madrigali spirituali y unas Canzonette profanas a 3 voces en las que se confirma su pericia, antes de la publicación del Primer y Segundo Libros de madrigales (1587 y 1590, con 20 y 23 años, respectivamente), que le hicieron destacar en su momento y fueron los auténticos inicios de su carrera pública.
A comienzos de la década de 1590 (con veintipocos años –no se conoce exactamente la fecha–), y gracias a la recomendación de un noble milanés, Monteverdi obtuvo un puesto en la fastuosa corte de Mantua, donde los Gonzaga lo acogieron como cantante y violinista. Allí el cremonés encuentra en el duque Vicente un patrono difícil, fantasioso y exigente, a quien le gusta imponer sus criterios a la capilla, confiada al excelentísimo Jacques de Wert, un flamenco totalmente italianizado. No obstante, bajo el impulso de este imprevisible príncipe, el medio resulta muy favorable tanto para la música como para las artes plásticas, y pintores y escritores hallan en la corte de Mantua protección y encargos, como es el caso de Rubens, que trabajará allí hacia 1603 ó 1605.
Lo primero que busca el duque Vicente en Monteverdi es al madrigalista. El Segundo Libro del compositor no era, ni de lejos, la obra de un principiante, y un cuadro de la naturaleza como Ecco mormorar l’onde, en el que el canto se convierte en “pintura con palabras”, según los mejores principios descriptivos defendidos por los virtuosi del género, le había dado fama de músico de un estilo llamémosle marenziano, donde la delicadeza de la expresión se une al encanto.

[AUDICIÓN de Ecco mormorar l’onde].
[ECCO MORMORAR L’ONDE

Ahora las olas murmuran
y las hojas tiemblan
en el aire de la mañana
como hacen los arbustos

y en las verdes ramas
los dulces pájaros
cantan gentilmente
y sonríe el oriente.

Ahora el alba ya aparece
y se refleja en el mar
dando luz al cielo
transformando el hielo en perlas
y dorando las altas colinas.

Oh bella y vaga aurora,
el aire es tu mensajero,
y tú del aire
traes alivio a los ardientes corazones.]

Pero en ese momento, bajo la presión de las circunstancias, la situación se transformó de manera radical en unos años decisivos para la evolución de la música. Paradójicamente, cuando parecía que el madrigal se hallaba en la cima de su carrera y su popularidad, los humanistas florentinos (escritores, músicos y filósofos) de la Camerata Bardi sometieron a juicio el propio concepto de madrigal. [EXPLICACIÓN: la Camerata Bardi se reunía para discutir los ideales de la Grecia antigua y de la renovación de la tragedia que, se suponía, debía ser cantada.] Para la Camerata, el contrapunto era el principal obstáculo de la sinceridad de expresión, de la emoción y de la elevación de los sentimientos. ¿Por qué había que obstinarse, se preguntaba Vincenzo Galilei (padre del astrónomo), en declinar polifónicamente los sentimientos de un personaje, “cuando los antiguos hacían vibrar las pasiones más vivas recurriendo al efecto exclusivo de una voz sostenida por la lira? Hay que renunciar al contrapunto y volver a la sencillez de la palabra”.
De esos ásperos debates críticos nació, en el preciso momento del cambio de siglo (octubre de 1600) el primer drama con música o melodrama: la Euridice de Jacopo Peri (gran maestro d’ armonía al servicio de los Médici) que, como un hito inaugural, abrió el inmenso camino futuro de la ópera. Se trata, sin duda, de la primera obra que, sirviéndose de la monodia expresiva y del estilo recitativo, sella la unión indefectible entre armonia y oratione, unión en la que la música parece responder de principio a fin a los deseos expresados por los reformadores, haciéndose humilde servidora de la palabra. Desde ese momento quedó puesta en tela de juicio la supremacía del madrigal, hasta el punto de que éste, influenciado por el nuevo proyecto de expresión lírica, cambió a su vez de piel y tendió hacia una polifonía de movimientos simplificada, vivificada por frecuentes incisos en el estilo parlando, con el fin de encontrar una inteligibilidad que ya no tenía, pues, como decía Emilio de’Cavalieri “cuando se pierde el sentido de las palabras, la música se hace fastidiosa”.
Por el momento, el objetivo de Monteverdi, nombrado en 1602 maestro de la capilla de Mantua, seguía siendo el de la causa madrigalesca. Además, volvió a practicar el género incluso en sus últimos años, pero enriqueciéndolo con todas las adquisiciones del nuevo madrigal y asignándole —a partir del Cuarto y Quinto Libros, en el último de los cuales impuso la utilización del bajo continuo obligado en las seis últimas piezas— una función de revelación expresiva. En otras palabras, fue un campo de experiencias en el que Monteverdi comprobó a su gusto recetas audaces y nuevas, pero sin renunciar a una denominación cómoda, incluso cuando ya se agotaron todos los recursos de la escritura a cappella en el camino de la monodia y el stile concertato.
El programa que Monteverdi aplicó de forma clara en Mantua, y luego en Venecia, consistió en someter de manera cada vez más rigurosa el neomadrigal al dominio de la palabra y al mundo de los sentimientos, de los affetti, pasando del contrapunto imitativo a 5 voces a las grande piezas concertantes, dramáticas y dinámicas del Octavo Libro, ese manifiesto del genio monteverdiano publicado en 1638.

Quinto Libro de madrigales
En este recorrido, el Quinto Libro de 1605 es un ejemplo que se sitúa en una encrucijada de caminos: reflejo del pasado y al mismo tiempo profeta del porvenir, un puente entre tradición y modernidad. Es cierto que su referencia formal sigue siendo la escritura a 5 voces, pero Monteverdi se entregó en él a una fusión cada vez más íntima del canto y la poesía, multiplicando las alusiones a esta segunda práctica musical [entendida como proceso hacia la sencillez y claridad en la composición], que él opuso al antiguo estilo, a la prima prattica [la antigua polifonía contrapuntística de, a veces, difícil comprensión] de los franco-flamencos. Más exactamente, siguiendo los pasos de los melodramatistas que acababan de hacer en Florencia que el drama hablara con música, Monteverdi iluminó la aventura madrigalista con una luz nueva, utilizando desde luego la pintura polifónica de las palabras, con el apoyo de figuralismos, tal como lo hicieron sus antecesores De Rore, Marenzio o De Wert, pero, sobre todo, ahondando cada vez más en el retrato amoroso y psicológico, y comprometiéndose a fondo en esa pintura textual, espejo siempre de aquel (o aquella) chi col canto parla.
[AUDICIÓN DE Te amo, vida mía

Te amo, vida mía
mi vida querida, me dice dulcemente;
y en esta sola, tan suave frase parece transformar alegremente su corazón, para hacerme dueño de él.
¡Oh, palabras de dulzura y de deleite!
Recógelas al vuelo, Amor, grábalas en mi pecho.
Que mi alma muera sólo por ellas.
Te amo vida mía.
Que sea mi vida.]

El Orfeo, los comienzos de la ópera
Monteverdi, músico reconocido y ya célebre, siguió estando en Mantua en la cuerda floja, expuesto a las impertinencias de un patrón imprevisible y avaricioso. Tras haberse casado con Claudia Cattaneo, hija de un músico de la corte, se debatió entre los problemas materiales y las preocupaciones económicas que el nacimiento de sus hijos no hizo sino acentuar con el paso de los años (pero en realidad ese miedo al mañana acabó convirtiéndose en algo casi obsesivo: incluso en Venecia, donde tuvo holgura económica).
Le quedaba el trabajo, la única distracción (a pesar de sus palabras: “el señor duque me ha hablado siempre sólo para que componga, nunca para darme alguna alegría que una lo útil y lo agradable”) que le hacía olvidar el carácter sombrío de la vida cotidiana y las inquietudes que le inspiraba la salud de su esposa. Ese trabajo era la realización de una obra de gran envergadura: el Orfeo, favola in musica (sobre un libreto de Alessandro Striggio) y primera ópera de la historia.
Vicente Gonzaga, pensando únicamente en la gloria de su familia, creyó poder triunfar sobre los Médici en su propio terreno al pedir a su maestro de capilla que pusiera música al mismo tema tratado por Peri en su Euridice. Estructuralmente, este Orfeo, representado el 24 de febrero de 1607 en una de las salas del palacio ducal, estaba bajo la influencia de los melodramas florentinos que celebraban el ideal neoplatónico renacentista. Pero el proyecto dramático era completamente distinto: se trataba verdaderamente de un dramma in musica, portador de vida y de unas imágenes en las que se reconoció desde el primer momento la nueva música. Ahí residía la profunda originalidad de la obra (que es al mismo tiempo paso obligado del Renacimiento al Barroco y memoria idealizada del pasado polifónico): a diferencia de lo que ocurría entre los florentinos (además de Peri estaba Caccini, autor de una Euridice plagiada lisa y llanamente de la primera), la mitología era vencida por la humanidad y la teatralidad sin artificio de los personajes. Desde ese punto de vista, el Orfeo alcanza de golpe un equilibrio milagroso entre canto y dicción por medio de un recitativo de excepcional plasticidad y un ritmo fundamental inspirado por la palabra, incluso utilizando instrumentos de una rica orquesta. La partitura se convirtió en un símbolo de inalterable belleza profana, mágica y alegórico al mismo tiempo (la música aparece como si se hallara saturada de signos), elude cualquier cuestionamiento y parece desafiar al tiempo.
Aquel acontecimiento causó también una fuerte impresión entre sus contemporáneos, hasta el punto de que, desde ese momento, se puede hablar de un irresistible “efecto Monteverdi”. Así, al día siguiente del estreno, el duque heredero Francesco Gonzaga escribió: “La obra se ha representado con tanto gusto que el señor duque no se ha contentado con estar presente y hacerla ensayar cientos de veces sino que ha dado enseguida orden de volverla a representar”. Por desgracia, ese mismo año, en septiembre de 1607, sólo siete meses después, murió su mujer, Claudia. A pesar de su dolor Monteverdi no podía pensar en hacer un alto. Se le ordenó que se entregara, a partir del otoño, a la tarea de preparar una trilogía escénica prevista para el próximo matrimonio del duque heredero, Francesco, con la princesa Margarita de Saboya. De aquella gran tarea, que le llevó, según sus propias palabras, “al borde de la muerte”, no nos ha llegado más que el inmortal Lamento, la única parte salvada de la ópera Arianna, y el Ballo delle Ingrate, divertimento que mezcla danza, mimo y canto según el modelo del ballet llamado “de Florencia”.
[AUDICIÓN DEL LAMENTO]
Gloria nacional en toda Italia, Monteverdi se sentía cada vez más incómodo en el estrecho entramado de intrigas que le rodeaba en Mantua, donde el duque envejecía pero no por ello se hacía más generoso. Deseoso de asegurarse su futuro volando hacia otros cielos, escribió una Misa para seis voces y unas Vísperas de la Virgen, acompañadas de concerti sacri para voces solistas, y partió en 1610 para presentárselas al papa Pablo V con la doble esperanza de obtener una beca para su hijo mayor Francesco y un cargo musical para sí mismo, al servicio de algún cardenal u otro alto personaje del Vaticano. Pero fue en vano. Pablo V, escandalizado por las opciones vanguardistas de la liturgia de las Vísperas (una obra que supuso un auténtico “laboratorio de modernidad”) no concedió el subsidio a Francesco ni hizo ninguna propuesta concreta a Claudio, quien regresó resignado a Mantua.
El final de la partida se precipitó poco tiempo después en la familia Gonzaga. El viejo duque murió en febrero de 1612 y le sucedió el duque Francesco, que en julio del mismo año despidió brutalmente a Monteverdi. Éste comentó tres años después: “Salí de la Serenísima corte de Mantua de manera tan desafortunada que, por Dios, tras veintiún años de servicio sólo me llevé veinticinco escudos”.
Afortunadamente la muerte del maestro de capilla de San Marcos, Giulio Cesare Martinengo, le proporcionó al fin el reconocimiento y la comodidad material en el escenario más prestigioso: Venecia. Tras ser convocado por los señores procuradores para que demostrara su competencia, el 19 de agosto de 1613 fue nombrado para el puesto, codiciado por los mejores músicos. A partir de ese momento comenzó un largo periodo de treinta años que según sus propias palabras fueron “los únicos verdaderamente felices de mi existencia”, como escribió mucho después.

Venecia
Ante todo, promoción social: en la Venecia que, a pesar de hallarse en decadencia económica, pero no política, hacía orgulloso alarde de su diferencia en una Italia dominada por España, Monteverdi se encontraba al frente de una de las capillas más importantes del momento y contaba entre sus alumnos a algunos destacados personajes del futuro Barroco veneciano, como Cavalli, Rovetta, etc… Su elevado salario hizo de él uno de los músicos mejor pagados de la época, en feliz contraste con Mantua, donde se veía obligado a reclamar incesantemente sus derechos y siempre se le pagaba con retraso. A esto se añadían todos los encargos de particulares: señores procuradores, ricas familias patricias como los Bambi, los Barberini, los Mocenigo (para quienes compuso Il Combattimento di Tancredi e Clorinda, apoteosis que fue del genere rappresentativo), etc… Por no hablar de las posibilidades de componer para el culto fuera de San Marcos, “como en ese oratorio del ilustrísimo señor Primicerio, donde –según sus palabras– todos los miércoles, viernes y domingos doy un concierto ante la mitad de la nobleza de la ciudad…”
Los últimos Libros de madrigales son testigos, hitos preciosos que permiten marcar el itinerario y los progresos de su creador (“prodigioso como artista y como persona”).
Es cierto que el Sexto Libro, de 1614, compuesto en realidad en Mantua, guarda aún relación con el gran estilo madrigalesco de las anteriores recopilaciones y con la pintura polifónica de las palabras (las Lagrime d’Amante y la adaptación del Lamento d’Arianna). Pero al mismo tiempo introducen con fuerza los profundos cambios que experimentaría el género bajo los golpes combinados de la monodia y el estilo concertante (muchas piezas llevan la indicación de concertata). Cinco años después llegó el Séptimo Libro, dominado sobre todo por esas experiencias únicas para voz sola en estilo representativo que son la Lettera y La partenza amorosa, además de la forma totalmente innovadora de los dúos con bajo continuo como O come sei gentile donde ya vemos que el tactus no domina el pulso rítmico adelantando lo que sería el Barroco.
[AUDICIÓN VII LIBRO]
O come sei gentile
¡Oh, tan amable eres,
querido pajarillo!
¡Y cuánto
se parece mi estado amoroso al tuyo!
Yo en prisión, tú en prisión;
tú cantas, yo canto;
para tu celador cantas,
yo canto para ella.
Pero en esto es diferente
mi suerte doliente:
te favorece el cantar;
vives cantando, yo cantando muero.

Las últimas obras
Tras un largo silencio de diecinueve años llegó, por fin, el logro del Octavo Libro de madrigales guerreros y amorosos, en el que figuran páginas a veces muy anteriores (por ejemplo, el Ballo delle Ingrate) y en el que presente y futuro se funden en una síntesis maravillosa. Este Octavo Libro, resumen del saber monteverdiano, a la altura de las grandes óperas venecianas que vendrán a continuación (El regreso de Ulises a su patria y La coronación de Popea) y de la Selva morale et spirituale de 1640, en el apartado de música religiosa, es un inventario y un cuestionamiento de todas las formas de canto nacidas del estilo moderno a comienzos del siglo (del recitativo a los grandes coros concertantes, divididos entre el contrapunto y la declamación homofónica). Lo que no impide a su autor hacer, en pleno derroche melódico de monodias acompañadas, como un acto de memoria enfrentando los ideales de un modo de componer vuelto, por así decir, hacia el pasado (la escritura polifónica vestida según el gusto del día) y los afectos de la sensibilidad contemporánea. Un trabajo de comparación que es también el fruto de una reflexión distanciada sobre el acto de la modernidad en música y que hace de esta colección el “escaparate” de un arte inaudito, anclado en el siglo (hasta el punto de hacerse eco de la ópera del momento) y, al mismo tiempo, representativo de un patrimonio estilizado, eternizado.
El prólogo del VIII Libro, muy importante, nos explica cómo Monteverdi, guiado por Platón, ha llegado a definir tres maneras o “humores” expresivos en el manejo del discurso musical: la manera concitata (animada), para pintar los sentimientos extremos y los ritmos vehementes de la guerra del amor; la manera molle (suave), para celebrar la serenidad y la tierna voluptuosidad; y el modo temperato (moderado), apropiado para expresar la petición, la plegaria. En esta búsqueda, el elemento teatral se concibe siempre como una finalidad que culmina en el aspecto representativo del Combate de Tancredo y Clorinda, “ese canto nunca visto ni oído”. El término implica una acción escénica o, a falta de ella, nos invita a seguir con el pensamiento un espectáculo nacido exclusivamente del dramatismo de la música.
[AUDICIÓN:
Vago augelletto, che cantando vai
Bello pájaro que cantando vas
o llorando tu tiempo pasado,
viendo la noche y el invierno caer sobre ti,
y cargando los días y los meses alegres a tu espalda,
si supieras cuán parecidos a tus tristes afanes
es mi estado,
vendrías a visitar a este corazón desconsolado
para compartir nuestro dolor.]

De esta combinación de modos y géneros (pues Monteverdi, buen psicólogo, no dudó en mezclar los ambientes y los decorados, para que el oyente acuda a buscar en los Canti amorosi pasiones que, en principio, se exigirían a los madrigales guerreros) nace una música total de una salud insolente, que palpita apasionada al tempo de la naturaleza humana, habitada por sus alegrías y también por sus sufrimientos. Una música que, guiada por la ley de las “imitaciones”, irradia una juventud inalterable y que no concluye con un adiós, sino que se abre ampliamente a las formas futuras, dejando precisamente el viejo madrigal allí donde comienza el aria virtuosa o la cantata, en una exuberancia casi shakespeariana, muy adecuada para revelar “toda la gama de la vivencia humana”.
Acabamos de evocar a Shakespeare. Es un paralelismo que se impone con más claridad todavía en relación con las grandes óperas del periodo final. (En este sentido, hay que lamentar que gran parte de la producción escénica compuesta para los Gonzaga fue destruida en el saqueo de la ciudad por las tropas imperiales en 1630). Lo esencial de L’ Incoronazione está en el soplo de libertad que respira ese modelo de ópera histórica en la que drama y farsa se cruzan en un paisaje que no habría desautorizado el gran isabelino. La música, sobre un magnífico libreto de Busenello cuajado de rumores y furores, está atravesada por un gemido incontenible en la pasión, la ironía o el duelo (muerte de Séneca). Pero sobre todo ilustra de manera ejemplar las teorías del arte escénico monteverdiano, como si en el ocaso de su larga existencia volviera a encontrar el primer impulso de su juventud para cantar al amor y sus vértigos, al margen de cualquier consideración “moral”. Se trata de un principio vital para la ópera que Mozart, por citar sólo a él, procuró no olvidar y que, más cerca de nosotros, volvieron a encontrar el Debussy de Pelléas (singular punto de encuentro con el Orfeo) y, sobre todo, el Berg de Wozzeck y Lulu, ese otro canto de amor fatal cercano, a menudo, a L’Incoronazione tanto en su disposición estructural como en la intensificación de las situaciones de paroxismo. Sin olvidar que, mediante su irreductible vinculación con la oratione, Monteverdi se solidariza con la totalidad de la aventura lírica occidental, llevado (y en eso consiste su genial paradoja) por la magia de una música que no cesa de ser al mismo tiempo sierva (el viejo designio de los florentinos) y señora de las palabras.

EL DEBATE SOBRE EL COLOR “AUTÉNTICO” EN LA MÚSICA HISTÓRICA

José Carlos Carmona
Director de Orquesta y
Profesor de la Universidad de Sevilla

A partir de la década de los 60 comenzó una enorme renovación en el mundo de la interpretación musical de la mano del movimiento de la Aufführungs-Praxis (Interpretación históricamente basada) o Movimiento “históricamente informado”, según Christopher Hogwood, que llevó a muchos intérpretes a comprender su oficio como el de reconstructores no ya de obras del pasado sino también de los sonidos con que esas obras sonaron en el pasado. Hasta ese momento, quizás de una manera muy inconsciente, se comprendía que la esencia que había que traspasar de generación en generación no era la del sonido original sino la propia construcción de la obra: sus melodías, sus armonías, sus texturas, sus estructuras, sus ritmos, sus dinámicas, pero quizás se olvidaba (en pos de un alocado progreso que abarcaba todas las áreas de la vida social y cultural) el más básico de los elementos que configura a cualquier obra musical: el color, su timbre. Y es verdad que podíamos oír, v. gr., los conciertos de Brandemburgo de Johann Sebastian Bach con sus melodías, armonías, texturas, estructuras y ritmos intactos, pero ¿era ese el color orquestal que se pudo escuchar en su época? ¿Cómo eran esos sonidos?, ¿cuál era su calidad? "La calidad del sonido que pudo haber salido de los instrumentos originales en su apogeo, este es el auténtico quid de todo el movimiento de la autenticidad y núcleo de muchos desacuerdos" (Lang 1997, 240). De este movimiento en busca de los colores originales comenzaron a surgir interpretaciones en conciertos y en grabaciones que se enfrentaron coetáneamente (y siguen enfrentándose) con la tradicional forma de interpretar que daba la prioridad a los avances técnicos de los instrumentos y formas de emisión del sonido en lo que respecta a la búsqueda del timbre. El público de conciertos, los oyentes de música culta y los estudiosos y estudiantes de estas disciplinas asistieron a este choque de mentalidades (visiones de un todo) no de manera neutra sino implicándose y tomando posición sobre uno u otro estilos de interpretar. Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que este ha sido El Gran Debate Musical (la gran Querelle) del final del siglo XX en el mundo de la música culta. Interpretación historicista versus interpretación tradicional (donde los “tradicionales” eran –como ocurre en muchas otras parcelas de la realidad social– los antiguos progresistas, puesto que se entregaron en su día y se siguen entregando a los progresos de las técnicas de producción de los sonidos por los instrumentos y por la voz, donde el “progreso”, por lo general, implica: mayor potencia de sonido, más facilidad en la ejecución y mayor virtuosismo).
El crítico musical Neal Zaslaw nos cuenta cómo empezó todo este proceso: "En 1969 se vivió un momento revelador con la aparición de una grabación de la Misa en si menor de Bach, interpretada por el grupo vienés de música antigua Concentus Musicus de Nikolaus Harnoncourt. [...] La interpretación tenía un sonido ligero, brillante, veloz: ¡casi sonaba a rock! Recuerdo que fue atacada con contundencia por Paul Henry Lang (de quien hablaremos bastante en este trabajo), que en aquel momento supervisaba las fases finales de mi tesis doctoral. Lang era [...] el principal crítico musical del Herald Tribune de Nueva York y autor de un libro magistral titulado Music in Western Civilization, además del primer profesor de musicología de la universidad de Columbia. «¡Esto es inaceptable!», rugía. «Han privado de su monumentalidad a la obra maestra de Bach. Y, además», añadía, «no es posible tocar esos viejos instrumentos de viento bien afinados». Al decirle yo lo más educadamente posible que aquellos viejos instrumentos de viento me parecían bastante bien afinados, me replicó que eso hacía aún más escandalosas las transgresiones de la grabación pues, si estaban afinados, «la gente podía tomarlo en serio» (Neal Zaslaw. Early Music. Londres, febrero 2001)" (Goldberg nº 15, 22).
En el libro del desquite (¡casi 30 años después!), el profesor de la Universidad de Columbia Paul Henry Lang, sosegado por el tiempo y asumido el imparable éxito de lo que entonces comenzó como una pose estilística, sigue, elegantemente, sin dar del todo su brazo a torcer: "El uso de instrumentos originales dentro de ciertos límites está completamente justificado; pueden ser deliciosos e ilustrativos pero no pueden utilizarse en música antigua indiscriminadamente. Tienen timbres diferentes de aquellos a los que estamos acostumbrados, pero en muchos casos su sonido más transparente y delicado permite oír su voz con mucha mayor claridad de la que es posible con los instrumentos modernos. Los proponentes de su uso exclusivo, sin embargo, tienden a hacer hincapié en estas ventajas aunque rara vez tratan los inconvenientes. Estamos dispuestos a plantear el tema de los límites en oposición a la optimización pero ¿cómo podemos elegir a la vista de las condiciones históricas, artísticas y socioculturales? Sea cual sea nuestra decisión, siempre será discutida" (Lang 1997, 243). "Los ejecutantes de hoy día –sigue diciendo el profesor Lang– [...] se encuentran en un doble peligro, porque si son partisanos dóciles y aceptan y llevan a cabo los adornos de acuerdo estrictamente con el «libro» puede que sólo se ganen el aplauso de sus correligionarios; y si afirman su propia musicalidad y cortan y escogen, pueden verse denunciados como inconformistas" (Lang 1997, 268).
Como vemos, la polémica sigue estando servida desde entonces y aún hoy no se ha diluido parte de su virulencia.
Este trabajo pretende mostrar los elementos argumentales fundamentales que han sostenido cada una de las posturas encontradas con referencia a qué color deben producir los intérpretes actuales para mostrar una música del pasado.
Ni que decir tiene que no nos preocupa en este ensayo estudiar los distintos tipos de interpretación por periodos históricos y escuelas, lo que importa para esta investigación es el aspecto abstracto de toma de decisiones con relación a qué criterios son considerados los idóneos para llevar a cabo la lectura y ejecución de una partitura.
El problema que subyace, como se verá in extenso, es el de la búsqueda de la verdad en el arte, la verdad de lo histórico, la función del intérprete y el propio concepto de interpretación (en sus dos vertientes: la primariamente musical de ejecución, y la de comprensión de lo heredado, que casi siempre son indisociables). Las opiniones de afamados intérpretes, compositores, críticos musicales, musicólogos y pensadores, nos abrirán líneas para la reflexión sobre estos temas, pistas que, sin embargo, no serán –como es habitual– respuestas concluyentes sobre la cuestión del color de las obras musicales históricas. Esta reflexión, sin embargo, nos ayudará a comprender la dificultad de entender lo legado y, por ende, nos ayudará a saber más quiénes somos.

Antoine Hennion, profesor de Investigación en el Centro de Sociología de la Innovación de la École National des Mines de París, platea la cuestión y el debate directamente: “¿Cómo hay que tocar la música de antaño? […] Los protagonistas se echan en cara definiciones de la verdad. La respuesta musicológica sostiene aproximadamente este lenguaje: el trabajo arqueológico realizado por los musicólogos nos permite, a partir de ahora, poseer un buen conocimiento de la manera en la que esas músicas eran tocadas en su época, indicando, si no lo que hay que hacer, al menos sí lo que no hay que hacer, y del espíritu general de una interpretación auténtica, definida por la obediencia a las fuentes históricas –hay que tocar ‘como se tocaba en la época’–, incluso si se trata de un ideal, y se insiste en el hecho de que se deja a la iniciativa del intérprete actual un amplio espacio” (Hennion, 1993, 31). “Para los ‘antiguos’ el argumento es el de la exactitud o, más solemnemente, el de la ‘autenticidad’ histórica y museológica” (Hennion, 1993, 53). El contraargumento modernista, por su parte, plantea: nos encontramos en el siglo XX, el gusto ha cambiado, los instrumentos han mejorado, ya no tenemos ni el oído ni la sensibilidad de un Marqués de Versalles; la verdad de la música de Bach no reside en una ilusoria fidelidad a su origen histórico, sino en su capacidad para ser reinterpretada con nuestros instrumentos y nuestras técnicas modernas” (Hennion, 1993, 31). “Para los ‘modernos’ (continuamos llamando así a los defensores de la interpretación con instrumentos modernos) el argumento último es el del placer, combinado con la idea de un progreso, si no en el arte mismo en sus medios e instrumentos. O sea: 1. ‘Lo importante es que eso me guste. ¿Qué importancia tienen los tratados, si yo prefiero oír cantar a Kathleen Ferrier más que a un falsete endeble?’; y 2. ‘Nuestros instrumentos son mejores, más potentes y precisos; si Bach los hubiera conocido, habría tocado con ellos –por otra parte, él no dejó de transcribir–. ¿Por qué no aprovechar el progreso, como sin duda habría hecho él mismo?’ (Hennion, 1993, 53)
Para que aclaremos un poco qué posiciones técnicas defendió en su momento cada parte de este conflicto, diremos con Lang que "las premisas del movimiento de la autenticidad son, sin más, que los hechos y las figuras relativas a la interpretación de la música antigua deben investigarse, confrontarse, coordinarse y reunirse en un sistema lógico, global y unificado, sobre la base de lo que pueda saberse de las interpretaciones históricamente auténticas (Lang 1997, 212). Y las claves de las interpretaciones no historicistas las podemos resumir, con Hennion en su libro La Pasión Musical, en: “sus tempos lentos, sus notas iguales (interpretación binaria, en el sentido moderno), ornamentaciones facultativas y raras, aparte del trino (precisamente no utilizado en el siglo XVIII en Francia), su vibrato unido, su ejecución ligada y continua, por no hablar de los instrumentos, su repartición y la sonoridad orquestal resultante, de sus arcos, lengüetas o sistemas de llaves, e incluso del diapasón, el mismo temperamento, los efectivos de los conjuntos instrumentales o los coros, los matices y la dinámica, la distribución de las partes vocales, etc.” (Hennion, 1993, 49). “Todo sucede” –termina diciendo con ironía el crítico musical– “¡como si la interpretación ‘moderna’ hubiera realizado metódicamente lo contrario de lo que iban a pregonar los teóricos de la interpretación Barroca!” (Hennion, 1993, 49). De lo que podemos colegir, que todo este proceso más bien parece un movimiento pendular creador de nuevas modas (y, por lo tanto, de nuevos objetos de consumo) que un encuentro sorprendente con la verdad musical extraviada.
Todo proceso de creación de un discurso musical que conlleve la pretensión de ser mostrada al público describe un itinerario que desdibuja las posibilidades reales de reconstrucción auténtica. Pierre Boulez lo denomina “circuito autor-intérprete” y conlleva las siguientes fases:
“A) el compositor genera una estructura y la cifra;
B) la cifra en una clave codificada;
C) el intérprete descifra esta clave codificada;
D) según esta decodificación, restituye la estructura que le ha sido transmitida.
“Se ve que en esta acción de cifrado codificado y de decodificación reside todo el juego de la notación, todas las posibilidades que de él se pueden obtener, y es evidente que este cifrado ya actúa en la composición misma y puede modificar su curso. Cuando se habla de estructura, y luego de codificación, hablo de estructura de conjunto y de codificación local, porque la estructura local y la codificación local intervienen en la misma operación mental. No puedo generar abstractamente un objeto local, una estructura local; por más elementalmente que la piense, ya estoy obligado a codificarla para poder transmitirla (en suma, rol alfabético que está igualmente llamado a desempeñar); por lo tanto, cuanto más prosigo la elaboración de las estructuras locales, tanto más entra en acción la codificación, tanta mayor importancia adquiere.
“Hasta tal punto” –continúa Boulez– “que en la generación precedente, un Stravinsky, por ejemplo, ha dedicado toda su atención a una codificación precisa que hace que el intérprete restituya el mensaje tan exactamente como le ha sido transmitido en un comienzo. En la música de la época romántica, por el contrario, la codificación era muy laxa; el intérprete podía interpretar el mensaje, pues la codificación no le daba ¾y no tenía por finalidad darle¾ elementos suficientes para una información extremadamente precisa, y por lo tanto, restituía el mensaje con un margen más o menos aproximativo. Vemos entonces que la trayectoria histórica ha consistido en descubrir claves cada vez más ceñidas que codifiquen con un alto grado de precisión el mensaje a transmitir.
“Aclaro que una codificación puede ser voluntariamente ambigua, de parte del compositor, pero que esta ambigüedad ¾siempre según las directivas del compositor¾ puede ser sentida por el intérprete, o bien, al contrario, actuar sobre él. En el primer caso hay un juego consentido, sobre la codificación, entre el autor y el intérprete; el intérprete restituye conscientemente sobre mensajes previstos por el autor: la codificación es una complicidad. En el segundo caso, el autor sabe que su codificación sobrepasa la posibilidad de desciframiento del intérprete, y por ende, que el intérprete le entregará de una manera defectuosa el mensaje transmitido. Pero el intérprete está simplemente colocado frente a la dificultad de esta decodificación y debe aplicarse a transmitir el mensaje lo más fielmente posible; dicho de otro modo: el margen de error dentro del cual debe operar es cada vez más restringido; existirá siempre, pero no se lo puede reducir a cero. (Boulez 1981, 71-72).
Vemos de esta manera, que, asumida la necesidad del intérprete, hemos de reflexionar en torno a la comprensión del propio problema de qué sea interpretar y que, por tanto, las cuestiones musicales –qué criterios musicales usar en la ejecución de una obra– nos desvían hacia temas de corte más filosóficos, donde necesitamos un tipo de opinión más abstracta y menos musical.
"En torno a finales del siglo XIX –nos dice Lang, que comprende también la necesidad de rebuscar en campos paralelos– [los ‘modernos eruditos de la música’ –así les llama–] tomaron de la teología un tipo de exégesis llamado hermenéutica que aplicaron al análisis musical" (Lang 1997, 276). Es este campo hacia el que debemos dirigir nuestros pasos para la comprensión de todo este fenómeno, y Gadamer nos lo confirma en Verdad y Método: “Cualquier obra de arte tiene que ser comprendida en el mismo sentido en que hay que comprender todo texto. [...] La estética debe subsumirse en la hermenéutica. Y a la inversa, la hermenéutica tiene que determinarse en su conjunto, de manera que haga justicia a la experiencia del arte. La comprensión debe entenderse como parte de un acontecer de sentido en el que se forma y concluye el sentido de todo enunciado” (Gadamer, 1960, 217). “Para Dilthey –nos sigue diciendo el profesor de Marburg– toda comprensión de sentido es ‘una retraducción de las objetivaciones de la vida a la vitalidad espiritual de la que han surgido” (Gadamer, 1960, 102).
Por lo tanto, todo texto –incluso el musical– ha de ser comprendido. Para Schleiermacher el punto de partida es “la incomprensión, la extrañeza, la oscuridad del texto y del interlocutor; partiendo de esta extrañeza, la interpretación debe establecer la comprensión, superando la incomprensión inicial que separa a seres distintos” (Ferraris 1988, 126). Así lo entiende también Adorno: "La necesidad que tienen las obras de ser interpretadas al igual que el alumbramiento de su contenido de verdad son el estigma de su constitutiva insuficiencia" (1970, 172). Esa insuficiencia sólo se puede paliar con decisiones que obligatoriamente tienen la necesidad de ser históricas. “El interpretar “va de” decisiones históricas y existenciales de sujetos y de comunidades”, como nos dice el Catedrático de Estética de la Universidad de Turín Maurizio Ferraris (1988, 11), esas decisiones están sujetas, como dice Alessandro Baricco, a “infinitas variables”: "Lo que ha condenado el mundo de la música a un eterno complejo de culpa que es extraño a las otras regiones del arte es que se teme constantemente traicionar el original porque se tiene el sentimiento de que es una manera de perderlo para siempre" (Baricco 1992, 33). En este sentido, el clavecinista y director musical holandés Bob Van Asperen nos pone un ejemplo de la imposibilidad de la fidelidad: “Al comenzar una interpretación de La Pasión según San Mateo, quedan excluidas muchas posibilidades (de color, ritmo, movimiento, cadencia, etc.)”. Y a renglón seguido nos da un consejo: “No obstante, quien se ocupe del arte debe asumir que vive en un territorio lleno de errores. Es algo así como conducir un vehículo: nunca se hace de forma completamente recta, se gira constantemente, aunque el resultado pueda ser magnífico”. (en Goldberg 1; 56. 1997)
Parecen razonables todas estas muestras de la dificultad que conlleva la fidelidad con el original; no obstante, en este trabajo se mostrarán los argumentos que cada sector de la controversia ha blandido.
Hay que reconocer que en estos casi treinta años de controversia las posturas han pasado por distintos estadios de virulencia. “La música antigua” –nos dice el viola gambista Vittorio Ghielmi– tuvo una grandísima fuerza de renovación entre los años 60 y 80, con los grandes de la hoy llamada ‘primera generación’, como Harnoncourt y Leohnardt. Luego hubo una segunda generación que se encargó de limpiar el trabajo que a nivel de concepción ellos habían realizado y que vino 15 años después con Il Giardino Armonico entre otros” (en Goldberg, nº 27, 78). En todo este proceso, la música antigua ha dejado de tener ese espíritu revolucionario del comienzo para tornarse en un movimiento “peligrosamente dogmático”, como nos dice Ghielmi. “Hoy en día, en las escuelas de música antigua se enseña un esquema que es tan rígido como el que se quería romper” (en Goldberg, nº 27, 78). Y, paradójicamente, a mayor dogmatismo, menor curiosidad por las raíces de esa posición técnica y estética. Así nos lo refiere el clavecinista, organista y director de The Ámsterdam Baroque Orchestra & Choir, Ton Koopman: “Realmente no hay sustituto de lo que es auténtico: utilizar instrumentos barrocos o buenas copias. Pero no basta con tocar con instrumentos correctos o con tocarlos bien. En los últimos cuarenta años la manera de tocar estos instrumentos ha progresado enormemente (al menos ha progresado la técnica), pero ha disminuido el interés por saber por qué los utilizamos. En los años 60 y 70, cuando estudié con Leonhardt, todos los estudiantes estaban interesados en leer tratados y en examinar las fuentes originales: estaban ansiosos por saberlo todo. Pero en la actualidad me doy cuenta de que muchos de los mejores intérpretes están cada día menos interesados en las fuentes. Grandes músicos como Harnoncourt, Leonhardt, Brüggen, y otros como yo, hemos hecho descubrimientos importantes, y los músicos jóvenes parecen satisfechos de confiar en esos descubrimientos. Ellos se van y hacen música, confiando en lo que las generaciones anteriores les han enseñado. Muchas veces no se molestan en realizar sus propias investigaciones. Creo que esto es peligroso porque, si estamos equivocados, la próxima generación debería hallar nuestros errores y corregirlos” (en Goldberg, nº 24, 45). “El aspecto negativo en el mundo actual de la música antigua” –continúa diciendo– es cuando alguien hace algo y otros lo dan por supuesto y hacen lo mismo sin cuestionarlo” (Koopman en Goldberg, nº 24, 48).
Como vemos, todo este proceso ha navegado en un vaivén de posiciones, primero muy encontradas entre sí, y después más desleídas al perder fundamentación teórica y al percibir algunos instrumentistas importantes en otros compañeros o escuelas ese dogmatismo del que antes hablábamos que parecía sustentarse en cuestiones más psicológicas (o comerciales) que en razones histórico-estéticas. A todo esto habría que añadir un incontrolable espíritu de libertad en los últimos intérpretes historicistas.
Todo este devenir ha sido bien explicado por Antoine Hennion en su antes mencionada obra La pasión musical: “La nueva disputa de los antiguos y los modernos evoluciona según el modelo militar de una guerra de posiciones en la que las fortificaciones de su campo van cediendo una por una, obligándoles a un repliegue continuo. De forma característica, su argumentación pasa poco a poco de la objetividad tranquila de una razón segura de sí misma a la afirmación agresiva de una subjetividad arbitraria. Los pasos seguidos han sido los siguientes: 1). Posición de partida: todo es falso (en el sentido de la inexactitud musicológica de las exigencias reivindicadas por los barroquistas; es extremadamente controvertido; y las últimas afirmaciones de los musicólogos serán pronto desmentidas por los sucesores –argumentación desarrollada por Boulez–). 2). A continuación, cuando los textos se han vuelto demasiado presentes como para no ser tenidos en cuenta, se produce un repliegue sobre la búsqueda del espíritu de las obras, más que el precedente de la literalidad, y se potencia una hábil utilización del grado de libertad dejado a los intérpretes por esas músicas para no obedecerlas. 3). Un determinado grupo de intérpretes […] trabaja entre ambos campos, reconociendo ciertos puntos aislados para limitar ahí la reinterpretación. Y 4). Por fin, el argumento del placer personal ha reemplaza la polémica musicológica; placer reivindicado, como un desafío herético frente a la ingenuidad de los inquisidores de la nueva ortodoxia, sabios pegados a sus manuscritos y sordos a la música, que pretendían establecer por la autoridad de los viejos tratados la única manera de amar la música” (Hennion, 1993, 59 y 60).
Estas son las bases del debate, sus orígenes, sus posturas, el proceso por el que todo esto ha pasado. Pero la polémica en sí no ha sido baladí para el campo del pensamiento estético porque de estos treinta años de enfrentamientos ha quedado señera y firme una cuestión: ¿cuál ha de ser el papel de los intérpretes ante la reconstrucción de una pieza musical?
En los dos siguientes apartados vamos a estudiar en profundidad cuáles han sido los argumentos de cada una de las partes: los que están a favor de ser reconstructores fieles del original tal como se oyó y tocó en su época, sobre todo en el color (en los otros parámetros siempre ha habido un consenso bastante generalizado); y los que entienden que las obras no siempre se deben ejecutar de similar manera o que deben estar al servicio del intérprete o que tienen un espíritu propio.


A) A FAVOR DE LA RECONSTRUCCIÓN FIEL DEL ORIGINAL TAL CÓMO SE TOCÓ Y OYÓ EN SU ÉPOCA
"A mi juicio” –dice Nikolaus Harnoncourt (2001, 25), el pionero de la interpretación con instrumentos originales– “debemos hacer todo lo posible para volver a interpretar esta música de una forma que se acerque el máximo a la original". "El músico actual debería preguntarse si no hay otra posibilidad de ahondar de una forma seria en las obras de Bach que no sea ejecutándolas con el estilo y los medios del Romanticismo tardío. Parece absurdo que en la actualidad (en el último tercio del siglo XX), queramos interpretar y escuchar una obra de 1729 con el espíritu y los medios sonoros de 1870" (Harnoncourt, 2001, 109-110), refiriéndose al espíritu Romántico que ha influenciado el estilo interpretativo hasta la década de los 70 y aún hoy influye en las grandes orquestas del mundo.
No ha sido, como vemos, hasta 2001, cuando Nikolaus Harnoncourt ha salido a la palestra teórica para defender lo que en los años 60 fueron unos postulados balbuceantes. No ha justificado en demasía su opción por la interpretación historicista porque ahora pasa por un periodo de entrega a otros periodos de la música histórica que le están reportando otras satisfacciones, pero sí lo suficiente como para que conozcamos esos principios básicos sobre los que se elaboró esta construcción.
Como buen músico, debió darse cuenta muy pronto de que el avance técnico que vivieron los instrumentos en el siglo XIX y el aumento de los tamaños de las orquestas modificaba no sólo su resultado tímbrico sino también el propio discurrir de los tempi de las obras, y, de ahí, su fraseo, el equilibrio de sus voces y el resultado definitivo en general. Si J. S. Bach, por ejemplo, utilizaba tres trompetas en su Misa en si menor, y las trompetas habían evolucionado desde la época del Maestro de Leipzig, y su sonoridad, por tanto, había crecido y se había ampliado, esto suponía que para mantener el equilibrio de las voces de la orquesta, la cuerda de violines, por ejemplo, debía crecer a su vez en tamaño y aunque técnicamente todos los instrumentos de cuerda se habían perfeccionado, la sonoridad de ellos no había crecido en intensidad en igual medida que los de viento metal. De ahí que la única manera de equilibrar las sonoridades fuera ampliar el número de instrumentistas de cuerda en la orquesta. La consecuencia de ello era, obviamente, que todo ese enorme conjunto con su poderosa sonoridad taparía a un cantante solista que cantara con la técnica de la época de Bach (y por su puesto la voz de un niño). Como resultado de esto, las técnicas de canto tuvieron que evolucionar para equilibrarse con el volumen de la orquesta; y los coros tuvieron que ampliar su número. "Con el lastre de la doble tradición interpretativa –la del siglo XIX y la de la época de Bach–, en las representaciones actuales” –nos dice Harnoncourt (2001, 242)– “nos encontramos ante grandes dificultades. Es probable que el equilibrio correcto sólo pueda obtenerse con el aparato histórico". “Los mismos instrumentos te enseñan mucho” –nos dice Koopman–. “Las limitaciones de los instrumentos Barrocos que son tocados en diferentes tonalidades (como las tonalidades más tapadas o abiertas del oboe Barroco) te enseñan cosas y no sólo sobre técnicas de ejecución” (Koopman en Goldberg, nº 24, 2003. 46).
Cuando toda esta evolución se había consumado, una cantata de J. S. Bach requería una orquesta y coros enormes y unos cantantes con una técnica y color en nada parecido a los originales, y por ello, aunque se tocaran y cantaran las mismas notas, el resultado era totalmente distinto, los tempi se verían afectados por el peso de la orquesta; y el escenario y, por tanto, el aforo de oyentes sería distinto. A todo esto habría que sumarle el cambio en la funcionalidad de la obra de arte: de ser una música hecha para un templo cristiano, elaborada pensando en ser partícipe de un oficio religioso, a convertirse en un espectáculo meramente artístico para entretener a una clase social determinada.
Por todo esto, el planteamiento de Nikolaus Harnoncourt partía de una base correcta.
Si volvían a instrumentos de viento metal con poca sonoridad y a pequeñas agrupaciones de cuerda que tocaran con cuerdas de tripa y arcos más pequeños, los solistas vocales podrían desarrollar sus agilidades en unos tempi más ligeros y con unas cualidades vocales menos exigentes en cuanto a volumen. Los niños podrían volver a ser solistas; y el color resultante se parecería mucho más al original.
Todo este proceso acarreaba una ventaja muy positiva: sería más rentable económicamente. De una orquesta y coro de 170 componentes en total, se podría pasar en la misma obra a no más de 25 personas (se ha interpretado y grabado la Misa en si menor y la Pasión según San Mateo con un cantante por voz del coro, con resultados absolutamente correctos).
A partir de estos datos, las referencias históricas que defienden la búsqueda de lo original como un derecho de los oyentes o razones similares, aún siendo interesantes y respetables, pueden ser sólo excusas. Las razones técnicas y las comerciales se imponen a las demás. Y estas últimas en especial, porque la industria del disco percibió en este nuevo paradigma interpretativo la posibilidad de renovar todas las colecciones de discos de los melómanos del mundo.
Harnoncourt, en su libro El diálogo musical nos da argumentos basados en los deseos del propio compositor para justificar las versiones que buscan parecerse a sus orígenes: "Siempre se comenta lo mucho que tuvo que luchar Bach contra la insuficiencia de medios para sus representaciones en Leipzig, y que hoy esas insuficiencias no deberían repetirse intentando llevar a cabo una interpretación 'fiel al original'. [En dicha carta Bach se queja de que los pocos cantantes e instrumentistas que tiene y lo mal pagados que están. La carta termina diciendo: “…Actualmente, entre los internos, hay diecisiete individuos capaces, veinte que aún no lo son y diecisiete que nunca lo serán”]. La carta de Bach al concejo de Leipzig, 'recomendación corta, si bien de gran necesidad para una música eclesiástica bien provista', es un documento de veras conmovedor, pero no porque Bach tuviera que contentarse con medios tan lamentables, sino porque sólo con enormes dificultades lograba reunir un conjunto insignificante para los cánones actuales. De ningún modo ofrece la impresión de que hubiese preferido tener más músicos o más cantantes de los que pedía, pero es evidente que a ésos los necesitaba de verdad" (Harnoncourt, 2001, 110). Más allá de la justificación que Harnoncourt encuentra en esta carta del propio Bach, la importancia de que traiga a colación esta cita estriba en la idea de que lo importante es acercarse a las fuentes históricas para saber cómo se hizo o cómo quiso hacerlo el autor, dejando de lado otras consideraciones.
Ya Leonard B. Meyer antes de los comienzos de este movimiento interpretativo, y desde Estados Unidos, nos llamaba la atención sobre la importancia del entorno para conocer la esencia de las obras: “El significado y la comunicación no pueden separarse del contexto cultural en el que se originan, porque no pueden darse fuera de una situación social. La comprensión de los presupuestos culturales y estilísticos de una pieza es absolutamente esencial para el análisis de su significado" (Meyer, 1956, 20). Pero la comprensión es una cosa y la ejecución otra bien distinta. Aunque aquí podría entenderse que es necesaria llevar al oyente la versión más semejante a la realizada en su momento para que también sea el propio público actual quien la comprenda en su contexto histórico. Como dice Beaussant: “Lo que ha presidido la nueva relación […] entre los intérpretes y la música antigua no es fundamentalmente la voluntad de recuperar la autenticidad histórica, sino que algunos han ido a la búsqueda del sonido perdido’, [para] comunicar con la música de una época, no sólo por las formas que nos ha transmitido, sino a través del sonido que esa música producía (Beaussant, 1988, págs. 16-17) (la cursiva es del autor]” (Cit. en Hennion, 1993. 29).
La utilización del piano para interpretar la música del Barroco es uno de los asuntos paradigmáticos en toda esta polémica. Los intérpretes, por lo general se preguntan si a los compositores les hubiera agradado escuchar sus composiciones de clave en el piano; pero lo que es indiscutible para los defensores de la interpretación historicista es que de esa manera no se escuchó en su época, y si queremos reconstruir el pasado debemos hacerlo con los instrumentos originales. Ya suscribía esto Ferguson en 1975: "Lo ideal sería que esta música se interpretara en aquellos instrumentos para los que fue escrita" (Ferguson, 1975, 167). "Algo que me resulta insoportable a flor de piel –dice Alessandrini– es que se toque a Mozart con un piano moderno. ¡Es como un traje diez tallas más grande!" (Alessandrini en Goldberg nº 17, 2001. 50).
El clavecinista holandés Bob Van Asperen, también contempla el problema y se decanta: “Todo repertorio antiguo es difícil de interpretar en instrumentos modernos, y en el piano resulta casi imposible”. […] “Cada nota interpretada en el piano o en otros instrumentos modernos es una mentira” […] “Si los grandes maestros compusieron la mayor parte de su obra para clave ha de ser por alguna razón, no por casualidad”. (Asperen, Goldberg 1; 58. 1997). Toda esta cita es razonable excepto el final: ¿Bach no compuso El clave bien temperado para piano por casualidad? No, aunque hubiera querido, no lo hubiera podido componer para piano porque éste no existía. Está bien decir que las notas del clave, tocadas al piano, son una mentira, porque, efectivamente, nunca fueron tocadas para este instrumento; pero la razón no puede ser la esgrimida. Sin embargo, la razón para tocarla hoy al clave sí puede ser la de reconstruir la manera en cómo sonó en el pasado. Rinaldo Alessandrini lo denomina la “verdad histórica”. En una entrevista realizada en Goldberg le preguntaron: "¿Cree usted que la elección de los instrumentos permite volver a recuperar el espíritu y la autenticidad de esta música tal y como la escuchaban sus contemporáneos?" Y Alessandrini contesta: "Sin duda. Soy partidario de emplear siempre instrumentos antiguos para ese repertorio. En definitiva, se trata de la verdad histórica y de un fundamento de trabajo" (Alessandrini en Goldberg nº 17, 2001. 50). Más adelante veremos, a colación con lo dicho por Alessandrini, si la verdad histórica es posible en un oído actual: ¿vistiendo a un hombre actual con los ropajes del pasado hemos encontrado la “verdad histórica” del hombre del pasado o hemos encontrado a un hombre disfrazado?
Jordi Savall también se muestra partidario de los instrumentos originales. “Una trompa natural o un fortepiano tienen, a pesar de sus limitaciones unas características adecuadas para aquello que imaginó el compositor. Aunque inventaba nuevas formas, el compositor partía de los medios de su época. Por eso es esencial escuchar las obras con los instrumentos para los que se escribieron” (Jordi Savall, Goldberg nº7, 1999, pág. 42). El problema sigue siendo, tal como se plantea en este trabajo, si la misión reconstructora del intérprete debe ser la de reconstruir la forma en la que se escuchó en el pasado o la forma en la que soñó el compositor que se escuchara en el pasado. U otras opciones que veremos más adelante.
Pero continuemos exponiendo los argumentos que dan los defensores de la utilización de los instrumentos originales con sus características propias.
Los intérpretes de música antigua, en su afán por volver a los orígenes para realizar interpretaciones fieles a las representaciones de la época, no sólo se preocupan por los instrumentos, coherentemente se preocupan también por los espacios. Eric Desnoues, Director del imprescindible Festival de Música Antigua de Lyon, ante la pregunta de si no hay cierta contradicción en ver que la música antigua se introduce en las grandes salas internacionales, comenta: “Me parece muy nocivo que la música antigua penetre en salas de dos mil localidades con una acústica más o menos apagada y una estética más o menos contemporánea. De pronto, se crea una distancia excesiva ente el sonido, los artistas y el público. […] Creo que cuando uno es músico barroco, se preocupa por la autenticidad. La autenticidad de los instrumentos y de las interpretaciones, pero también la de los lugares para los que se compuso su música” (Desnoues en Goldberg, nº 25, 2003. 32). Pero no es el único. A Rinaldo Alessandrini no sólo le preocupa que la interpretación se realice en un auditorio sino que además de requerir un espacio sacro éste debe contar con la misma decoración que en la época. "Uno de mis temas de estudio ha sido la cuestión de la acústica en las iglesias. En el siglo XVII estaban ricamente decoradas con artesonados y colgaduras. La música debía tener una resonancia completamente distinta de la de los templos actuales, donde domina el mármol. Hay que tenerlo en cuenta para el equilibrio entre instrumentos y voces" (Alessandrini en Goldberg nº 17, 2001. 52). Tras este nivel de exigencia que eleva en un grado más el purismo imperante, el director de Concerto Italiano apostilla: "Me considero muy purista en el sentido de que tengo ideas claras, pero no soy ni un arqueólogo ni un terrorista" (Alessandrini en Goldberg nº 17, 2001. 50), de lo que se defiende porque ha debido de ser acusado.

También Reinhard Goebel, fundador de Musica Antiqua Köln, considera que, entre otros, el problema del espacio es esencial. “Para mí –dice– en primer lugar es muy importante comprender una obra de arte en sus facetas objetivas. Debo entender claramente cómo está compuesta formalmente, cómo se podría haber presentado esa forma en el siglo XVII ó XVIII. Debo conocer las raíces espirituales de la obra, si no no la puedo traducir a mi propio lenguaje. Puedo entender el lenguaje propio de la obra de arte cuando accedo a estos conocimientos objetivos que la envuelven. Mi acercamiento a un Concierto de Brandenburgo es limitado si no conozco que fue escrito para solistas, o no sé cómo se componía realmente un tutti en esa época. Lo mismo sucede si no conozco la sala para la que la obra fue escrita y para qué tipo de músicos. Bach no la compuso para músicos franceses ni italianos, sino alemanes. Este pequeño trabajo de investigación debe llevarse a cabo, ya que la tarea del músico es entretener y educar al mismo tiempo.” (GOEBEL, Goldberg 10, 2000, 37-38). Forma, espíritu, lenguaje, espacio, personas, son algunos de los referentes histórico que necesita tomar en cuenta este violinista para una correcta interpretación. La interpretación musical como oficio de reconstructores del pasado. En el mismo sentido, Fabio Biondi, concertino y director del grupo Europa Galante, nos dice: “Nuestra tarea consiste en mantener un diálogo con un período esplendoroso cuya sensibilidad privilegiaba la música, y descifrar las partituras llegadas hasta nosotros para traducir su dinámica con la mayor fidelidad posible. Tocar música barroca implica familiarizarse con la cultura y las artes de aquella época” (Biondi en Goldberg, nº 21, 2202. 46).
Y aumentando en sus exigencias siempre bien argumentadas, tenemos ya intérpretes que han llegado a grabar en disco misas de compositores importantes pero incluyendo la liturgia y celebración de la palabra, para comprender la obra en su ámbito específico, como es el caso del Requiem de Rois de France de Eustache du Caurroy (1549-1609), interpretada por el grupo Doulce Mémoire (la vocación ya se delata en el nombre del grupo), dirigida por Denis Raisin-Dadre, que nos ofrece la oportunidad de reconstruir la ceremonia fúnebre en toda su enlutada pompa. Al comienzo del disco dos salmos de Claude Goudimel, seguidos de una pavana, nos intentarán recordar la procesión del cortejo que acompañaba al cuerpo del difunto rey desde el Louvre a Notre-Dame. Después, la oración fúnebre, declamada en francés antiguo, enriquecerá la percepción de la obra en su situación original.
"El análisis del contexto original de una obra –nos dice Philip Pickett, creador del New London Consort–, tiene una importancia vital, pues el resultado efectivo es una diversidad mucho mayor en la propia interpretación" (Picket en Goldberg nº 18, 2002. 40). Las fuentes para la reconstrucción de ese “contexto original” pueden ser muy variadas. Este director e intérprete llevó a cabo una reconstrucción de los colores que tendría una orquesta en base al examen visual del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, como nos cuenta en la Revista Goldberg nº 18, 2002, pág. 36: "Si nos fijamos en el Pórtico de la Gloria, el gran conjunto escultórico del Maestro Mateo, vemos a los veinticuatro ancianos tocando una gran diversidad de instrumentos: fídulas, guiternas, arpas, rotas, salterios, etcétera. Ahora bien, ¿fue un invento de aquel señor o el reflejo de alguna posible realidad? Además, hay relatos que hablan de muchos peregrinos que tocaban juntos en la catedral de Santiago y de gente que cantaba y, posiblemente, tocaba en la plaza de Montserrat. [...] Así pues, pensé que debía intentar recrear ese grupo de personas que aparecen en el Pórtico de la Gloria y descubrir cómo sonaba".
Todos estos datos son tomados para intentar ponerse en la situación histórica del pasado. Denise Raisin Dadre, Fundador del grupo Doulce Mémoire, lo certifica de la siguiente manera: “Me gusta contemplar la pintura del Renacimiento, y tratar de pensar en cómo los contemporáneos la veían. Igual que cuando descubro música, intento siempre comprender lo que había de innovador o conservador para los hombres del siglo XVI, ¡no para nosotros!” (en Goldberg, nº 22, 2003. 52). Y Koopman dice más de lo mismo: “Como intérprete, debes tratar de comprender la música de la época lo mejor que puedas, y comprenderla como parte de una cultura más extensa, en el contexto de las artes visuales de la época, de la literatura, de la filosofía” (en Goldberg, nº 24, 2003. 49). Y Hopkinson Smith, intérprete de vihuela, laúd renacentista, guitarra barroca y, especialmente, de laúd barroco, dice: “Intento reconstruir la creatividad del momento en el que se compuso esta música” (en Goldberg, nº 28, 2004. 82). Todos ellos y muchos otros[1] orientan su trabajo en esa dirección.
Quizás Pierre Boulez en Puntos de referencia media entre una comprensión del pasado y del análisis de las estructuras de sus formas y la necesidad de ser creativo: “¿Cómo voy a arreglármelas para transmitir, o, por lo menos, para esbozar mis ideas? De dos maneras: desarrollaré primero las reacciones que se pueden tener respecto de la situación histórica en general, es decir, trataré de formar el juicio crítico sobre situaciones de conjunto. Por otra parte, intentaré excitar el mecanismo de la creación, a partir de la interpretación analítica” (Boulez 1981, 102). Boulez percibe que no sólo sirve con imitar el pasado. Muchos otros serán conscientes de lo mismo. Oiremos sus opiniones en el siguiente apartado.

B) EN CONTRA DE LA RECONSTRUCCIÓN FIEL DEL ORIGINAL, TAL CÓMO SE TOCÓ Y OYÓ EN SU ÉPOCA

En este apartado revisaremos los planteamientos de algunos intérpretes, compositores, musicólogos y pensadores sobre la imposibilidad o no apetencia de ser fieles a un original de por sí difícilmente aprehensible.

La pianista y pedagoga francesa Monique Deschaussées, aunque imbuida de un espíritu romántico quizás hoy un poco desfasado, declara en su libro El intérprete y la música que “nadie escapa completamente de su propia personalidad, incluso en el caso de que se resista a dejarse penetrar en su subjetividad” (1988, 35). El planteamiento de la imposibilidad de la objetividad pura salta al debate en cuanto se intenta investigar en él. La personalidad del propio intérprete es el primer escollo, pero los materiales con los que se construyen los instrumentos y las dificultades que estos crean para los ejecutantes será el segundo. Ella misma lo expresa más adelante: “Es evidente que incluso los instrumentos en los que tocaban Chopin o Liszt no tienen más que un parentesco lejano con los pianos modernos. Cuando se sabe que las teclas han doblado su peso en sólo sesenta años, se comprende que se impongan ciertas adaptaciones, con toda lógica, y que es imposible tocar sobre el teclado de un piano de concierto actual con el mismo ‘tempo’ que en uno de hace ciento cincuenta años. Hay que saber adaptar a nuestro piano moderno las creaciones de otras épocas, pero dentro de unos límites razonables, no orillando nunca el contenido musical, expresivo, humano de una obra” (Deschaussées, 1988, 103).
El Director del The Clerks' Group, Premio de la revista Gramophone por la grabación del Requiem de Ockeghem, Edward Wickham, pone el acento en la dificultad de enmarcar las obras en su contexto: “Reconstruir satisfactoriamente una misa tal y como se habría podido escuchar en tiempos de Ockeghem sería una hazaña erudita. [...] No creo que grabar la música en su contexto de canto gregoriano pueda introducirnos con mayor eficacia en lo que podríamos denominar una -experiencia auténtica-” [...] “Esa música, en cualquier caso está sacada de su contexto” (en Goldberg 3; 50. 1998).
Pero no sólo da problemas sacar de su contexto la obra, da problemas sacar a las obras de su contexto mental: “La manera como la gente pensaba acerca de sus devociones en el siglo XV es completamente diferente. La idea de grabar, y hasta de interpretar, una composición musical” era inimaginable. “¿Habría entendido aquella gente una interpretación en el contexto de una música no devota? Me parece que hay tantas cosas que nos separan de la sensibilidad de los cantantes y fieles del siglo XV...” nos dice el Director del Orlando Chamber Choir y del The Renaissance Singers of London (Wickham, Goldberg 3; 50. 1998).
También insiste sobre esto Andrew Carwood, Director asociado de uno de los grupo vocales más destacados del Reino Unido, The Cardinall's Musick: "La cuestión es el contexto, pues esta música [una Cantata de Iglesia] no está pensada para ser cantada ininterrumpidamente. Pienso, además, que directores, cantantes y oyentes se enfrentan a un peligro al encontrarse con una música interpretada así, como una sinfonía" (en Goldberg nº 13, 46). "La función que desempeñaban en la liturgia las cantatas de iglesia de Bach hace que hoy no pueda haber algo que pueda calificarse como un oyente «auténtico», [...] su finalidad era estrictamente funcional y estaba por completo vinculada al contexto de la Misa dominical" (Carwood en Goldberg nº 13, 58). “Los corales utilizados en las cantatas solían contener a menudo un plan contextual especial, no declarado, para una congregación de fieles muy familiarizada con ellos de una forma que hoy en gran medida se ha perdido" (Goldberg nº 13, 60), y que por lo tanto es difícil de comprender para el oyente actual y mucho más para el oyente no religioso y en un ámbito profano como una sala de conciertos. Esto mismo señala el periodista de la revista de Música Antigua Goldberg, Brian Robins, en una entrevista al Creador del New London Consort y de Musicians of the Globe, Philip Pickett: "Uno de los problemas en las actuaciones organizadas por usted debe ser el escenario. Hace poco ha ofrecido, por ejemplo, una reconstrucción litúrgica completa de la Messe de Nostre Dame de Machaut en el Queen Elizabeth Hall, un local que, evidentemente, no guarda ni la más remota semejanza con cualquier escenario original imaginable. ¿No plantea eso problemas casi insuperables?” A lo que el entrevistado no tiene más posibilidades que asentir asumiendo sus propias incongruencias, diciendo: “Pues sí, ¡en primer lugar, los de la acústica!" (Picket en Goldberg nº 18, 38).
Y es que la acústica sola en sí, sin necesidad de cargarla con tintes abstractos de teoría de las mentalidades, ya es un problema que afecta a la percepción actual de lo pasado. “No hay que olvidar” –nos dice Paul Van Nevel, fundador y director del Huelga’s Ensemble– que esta música [la del Renacimiento] es siempre música de corte: de príncipes, señores o prelados. En aquella época el número de oyentes era muy reducido, de cinco a veinte personas. No había necesidad alguna de proyectar las voces hasta el fondo de una sala de conciertos” (Van Nevel en Goldberg, nº 23, 50), pero hoy sí, y todo lo descoloca. Similar controversia se creó con la ubicación de los cuadros de los grandes palacios y castillos europeos en las descontextualizadoras salas de museos estatales donde se apilaban por autores, perdiendo el sentido del lugar para el que fueron realizados.
Algo que descontextualiza las obras también actualmente es, como dice Frans Brüggen, director de la Orquesta del Siglo XVIII y una de las figuras esenciales de la música antigua, “la falta de expectación de un público que ya ha oído la obra mil veces, por lo que no hay un sentimiento de estreno.” (BRÜGGEN, Goldberg 11; 42. 2000). Esto es especialmente relevante en las partes que debían ser repetidas según constaba en la partitura. Por lo general, en muchas obras, y con la intención de que la melodía –escuchada por primera vez en esa audición pública– se asentara en la memoria de los espectadores con los que luego se iba a “jugar” ofreciendo variaciones intencionadas sobre los temas previamente presentados, se establecían signos de repetición que obligaban al intérprete a volver a ejecutar secciones completas. El objetivo de esas repeticiones, como ya se ha apuntado, era sorprender con los cambios, pero para que el escuchante se sorprendiera previamente tenía que prever el desenlace planteado como normal[2]. Si hoy en día conocemos una melodía o pasaje armónico, su reiteración sólo puede servir para cansar y no para memorizar algo que ya es de sobra conocido.
Un elemento más de difícil traslación desde el pasado es la concepción de los tempi de las obras. "Para comprender hoy las intenciones de los compositores en relación con el tempo” –nos dice Harnoncourt– “no basta con conocer las denominaciones de los tempi, ya que su significado ha variado numerosas veces a lo largo de los siglos" (2001, 135), lo que era rápido (Allegro) en el siglo XVII, por ejemplo, hoy podría ser terriblemente lento (imaginemos cuánto se tardaría en viajar “a gran velocidad” entre Salzburgo y París; pensemos lo que se tarda hoy en un tren de alta velocidad). “El tempo, como cualquier otra categoría musical, es una categoría histórica” (Gülke en Metzger y Riehn, 1979, 65).
Estos intérpretes de Música Antigua de los últimos treinta años han cometido muchas incongruencias que sería largo (pero posible) de exponer y que nos llevarían a comprender el porqué del desdibujamiento de los dogmas historicistas en este campo. Harnoncourt, por ejemplo, es una claro paradigma de esto, por una parte hace declaraciones como esta: "Las voces de los niños en un grupo reducido y la orquesta, que utilizaba exclusivamente instrumentos originales y tocaba en las mismas circunstancias que en la época de Bach, aportaron por sí mismas [en nuestra grabación] la solución a todos los problemas de audibilidad" (Harnoncourt, 2001, 243), como si fuera posible tocar en las mismas circunstancias que en la época de Bach (y en un estudio de grabación); y por otra parte, reconoce con cierta humildad que "una comprensión total [del proceso interpretativo] es inalcanzable, por lo que la 'música del gótico' jamás volverá a escucharse en su forma pura; para ello tendríamos que haber vivido en aquel entonces" (Harnoncourt, 2001, 13).
Y una pregunta que subyace a estas reflexiones es: ¿y si pudiéramos repetir exactamente lo que hicieron los anteriores, querríamos hacerlo? ¿Querríamos ser los intérpretes meras máquinas que imitan lo que en su día fue? “Pensar que cuando estoy tocando tengo que imitar a una persona que vivió hace 300 años es una tontería en sí mismo”, nos dice el viola gambista Vittorio Ghielmi. “Lo importante” –nos sigue diciendo– “es, por supuesto, estudiar hasta entender cuáles eran las formas expresivas reales utilizadas y así aprender un lenguaje” (Ghielmi en Goldberg, nº 27, 79). También nos lo dice con otras palabras el constructor de instrumentos de tecla Denzil Wraight: “Una réplica exacta de uno de los pianos originales sólo puede interesar a un museo” (en Goldberg, nº 25, 24).
En esto de la copia de instrumentos antiguos, negocio que también subyace a todo este movimiento artístico, también hay incongruencias. El propio Denzil Wraight nos confiesa: “En una copia exacta de un instrumento de Cristofori decidí no copiar el sistema de abrazaderas del interior de la caja adoptado por él, pues, visto retrospectivamente, es evidente que cometió algunos errores” (en Goldberg, nº 25, 24), lo que pone de relieve que con esa mínima actuación rectificó el pasado y puso en marcha el mismo proceso que en su día aplicaron los constructores de instrumentos que por hacer evolucionar a alguno de ellos les añadieron o aplicaron novedosas reformas que los hicieron avanzar (avances que hoy rechazan los historicistas).
El tema de la utilización de instrumentos de la época no queda solamente ahí. Cuando se hacen estudios en profundidad se demuestra que muchos intérpretes de la época (la que sea) no utilizaban instrumentos creados coetáneamente sino que a su vez en las filas de las orquestas convivían instrumentos de su época con otros de épocas anteriores, lo que dificultad aún más nuestra pretendida “imitación” de los colores de la época. “La gente se dio cuenta” –comenta Christopher Hogwood– “de que no todos los músicos del siglo XVIII conseguían instrumentos nuevos en cuanto se hallaban disponibles. En una gran formación habría, probablemente, algunos que habían crecido tocando a Bach y continuaban empleando sus arcos barrocos, mientras que otros se habrían hecho con instrumentos más recientes” (en Goldberg, nº 27, 52).
En conclusión: algunos intérpretes consideran que la música es el campo de la libertad[3], otros consideran que nuestra función como intérpretes no debe tratar de “restituir la música según se interpretaba, hipotéticamente, en su momento, sino de hacerla oír a través de un prisma moderno” (Biondi en Goldberg, nº 21, 36) ya que “no hay posibilidad de atrasar el reloj” (Hogwood en Goldberg, nº 27, 54). Una buena orientación en nuestro trabajo sería la de profesar un “gran amor por la investigación histórica, plasmado, por ejemplo, en el examen de las fuentes y las maneras contemporáneas de interpretar y entender esa música. Luego, uno se da cuenta de que el proceso de investigación es continuo, y aunque se va acercando cada vez más a un punto del pasado, esa meta no se alcanza nunca, como les ocurría a Aquiles y la Tortuga, a pesar de su creciente proximidad” (Sardelli en Goldberg, nº 27, 34), lo que recuerda al horizonte de posibilidad de encontrar la verdad del que suele hablar la Metafísica.
Pero no sólo los intérpretes tienen claro estas cuestiones, algunos compositores de los que tenemos referencia tuvieron claro, o tras un proceso de reflexión comprendieron, la inutilidad de querer mantener o recuperar el original.
“Alguien le preguntó a Brahms por la indicación metronómica que debía aplicar a una de sus piezas. Él contestó enfadado: "Idiota! ¿Acaso cree que quiero escuchar mi música siempre a la misma velocidad?” (Walker. Robert Schumann: The Man and his Music (1972) cit. en Crofton y Fraser 2001, 155).
La relación de Beethoven con el metrónomo es también muy significativa del proceso mental por el que un compositor debate consigo mismo cómo quiere que sean interpretadas sus obras y si desea que siempre –como planteaba Brahms– sean interpretadas de la misma forma. Los musicólogos Metzger y Riehn escribieron un libro en 1979 sobre esta cuestión con el título Beethoven "el problema de la interpretación" [4] en el que se cuenta, primero, la alegría de Beethoven al recibir el nuevo invento, y el comienzo de la aplicación de su numeración a su obra; pero después se relatan los enormes quebraderos de cabeza que dio una y otra vez a sus editores enviándole cartas contradictorias en las que renumeraba los tempos antes establecidos. “Cuando el Beethoven tardío los rechazó [los registros metronómicos anteriormente fijados], Schindler, le escribió diciendo: ‘Umlauf y Schuppanzigh se extrañaron mucho ayer de que usted se distancie ahora tan llamativamente de los tempi acelerados de sus obras, en comparación con los de años anteriores, y le parezca todo demasiado rápido” (Gülke en Metzger y Riehn, 1979, 58). Lo curioso de ese proceso, como nos cuentan estos autores por los registros de la correspondencia del Maestro con sus editores es que en las últimas composiciones dejó de anotarles numeración metronómica alguna en un claro signo de la asunción de la imposibilidad de fijarlas de manera inamovible para siempre.
Pierre Boulez, como compositor, intérprete y teórico musical ilustra especialmente este apartado con sus opiniones. Él trabaja sobre la imposibilidad de comprensión del pasado y asume lo relativo de todo intento. “En lo que concierne a la óptica colectiva: hay fenómenos que la historia hace caducar, y hay otros que ella metamorfosea. Hay una dialéctica constantemente renovada de lo permanente y de lo aparente, que hace aleatoria toda predicción sobre las interrelaciones entre la historia y las obras históricas. ¿A qué se debe? Ante todo, al hecho de que una época da su interpretación personal de las obras de un pasado: interpretación personal y colectiva. Es lo que ya he llamado las resonancias armónicas de una época. Los puntos de vista, renovados según los siglos, nos incitan pues a considerar como totalmente relativa la herencia que la historia nos transmite” (Boulez 1981, 98).
Algunos críticos musicales y musicólogos también han trabajado la cuestión más recientemente.
Paul Henry Lang, que fue profesor de la Universidad de Columbia, editor de Musical Quarterly, y fundador de la Sociedad Americana de Musicología hasta 1991, año de su fallecimiento ha dejado en un libro póstumo (1997) un detallado estudio contra "ese historicismo tan incondicionalmente rígido" (1997, 204) aplicado a la práctica interpretativa, en el que comienza por decir: "Conocemos el espíritu de otras épocas hasta cierto punto solamente: vemos en ellas lo que nuestra propia era nos permite ver" (Lang 1997, 204).
Su libro es equilibrado pero firme, atemperado en su antipatía por todo el fenómeno historicista por el tiempo, pero moralmente alerta por cuanto fue consciente (como lo hemos sido todos los que hemos vivido y vivimos el mundo de la música culta) de que tras estas posiciones estéticas se estaba ocultando cierto dogmatismo radical cuanto menos peligroso, que en lenguaje vulgar se han dado en llamar “puristas”. Él los reconoce en su libro aunque esté hablando de la vida musical de la Costa Este de Estados Unidos o de la centro-europea: "Desgraciadamente hay un grupo siempre creciente que reclama una intimidad privilegiada con las cualidades privadas de los antiguos maestros, adorando un purismo sin mancillar por las realidades de la vida" (Lang 1997, 205). "Los campeones de la autenticidad histórica absoluta en la interpretación” –así los llama– “están en un error al utilizar los mismos procedimientos en diversos niveles y en distintas proporciones en sus esfuerzos por buscar preceptos universales de práctica interpretativa. El mismo procedimiento para una época puede servir para sólo una parte de esa época o incluso contradecir una práctica ligeramente anterior o posterior. La rica diversidad de la música niega, ciertamente, la estereotipada y rígida imagen de un estilo y de ahí la interpretación: porque ésta crea muchas excepciones a la regla. No es posible establecer un sistema del cual extraer una información predictiva y manipuladora para la interpretación de la «música antigua», ya que no hay valores interpretativos absolutos o constantes que puedan colocarse en determinadas categorías" (Lang 1997, 206). - "El peso excesivo” –continúa diciendo– “de las consideraciones históricas, archivísticas e ideológicas; las áreas de experiencia musical vastas, incipientes y desde luego integradas, con su carencia de puntos de referencia fijos y con unas reverberaciones demasiado débiles como para fiarse de ellas; la avalancha de material de investigación que puede sofocar los aspectos genuinamente interesantes de la música: todo ello puede conducir únicamente a lo que Whitehead llamó «la falacia de la corrección indebida»" (Lang 1997, 206).
Y esta falacia se basa, sobre todo, en la imposibilidad exacta de saber cómo ejecutaron las piezas unos músicos en particular en una determinada fecha en un lugar específico de la Europa central. ¿Qué técnica tenían aquellos profesionales liberales que después de cerrar su negocio, atender a sus clientes o limpiar el espíritu de sus feligreses se reunían para tocar en unos instrumentos confeccionados por viejos carpinteros? Lang nos lo recuerda: "Lo que Burney dijo de la música de la Antigüedad sigue siendo válido para los siglos que precedieron al XIX: «¿Quién será lo suficientemente atrevido como para decir cómo cantaban y tocaban esos bardos inmortales?»" (Lang 1997, 210). El conocimiento exacto de lo que fue el pasado, pero dándole a la palabra “exacto” todo su valorar literal, es una tarea imposible. "No podemos repetir la historia” –continúa diciéndonos el Profesor Lang– “porque sólo permite una pasada" (Lang 1997, 213). Y lo que conocemos lo mitificamos. "A veces resulta difícil distinguir si los anticuarios están perpetuando valores artísticos o los están embalsamando” (Lang 1997, 214). "La música antigua no puede tratarse como los cuadros antiguos. El sonido es una cosa viva. Siempre forma parte del presente. [...] También hay una tendencia a buscar grandeza en todo lo antiguo y no es frecuente que el óxido se tome por auténtica patina" (Lang 1997, 214). Lang intenta hacerse comprender de manera racional mediando con argumentos sensatos: la pretensión de reconstruir el color original es una tarea materialmente tan dificultosa que nuestro conocimiento de datos no puede cubrir todas las necesidades para esa reelaboración: "Pero no hay arte que sólo se entienda a partir de la historia” –afirma Lang–. “Están los imponderables. Y lo primero que debe hacerse con los imponderables es reconocer su existencia" (Lang 1997, 213).
Uno de los imponderables es creer que los datos, la comunicación del pasado con el presente no es equívoca: "No podemos determinar con precisión hasta qué punto nuestro concepto, nuestra proyección de un estilo anterior, son genuinos o siquiera aproximados porque la interacción de esas tres entidades (compositor, ejecutante y público), tal y como nosotros los experimentamos, puede ser bastante diferente de la experiencia de otra época. No podemos escuchar a compositores posteriores, como Beethoven, por ejemplo, tal y como los escucharon sus contemporáneos porque en los años que han transcurrido han cambiado nuestras técnicas musicales, nuestras costumbres de audición, los conceptos de sonido y de afinación. Aunque Schindler, el amanuense de Beethoven, describió la interpretación al piano de su maestro a partir de una experiencia de primera mano, sus palabras siguen dejándonos con nuestra imaginación y nuestras conjeturas, porque el sonido descrito se encuentra tan lejos de la realidad como la descripción de sabores" (Lang 1997, 211).
Hay que reconocer que Paul Henry Lang intenta comprender la intención última de los líderes de este movimiento, aunque entiende que su pretensión es ilusoria, sobre todo porque los seres humanos ya somos distintos, enteramente distintos a los de otras épocas: "El laudable objetivo es permitirnos escuchar una pieza musical como la oyeron sus coetáneos, pero pensar que es posible es claramente cuestionable porque equipara a un grupo de una sociedad a otro de una naturaleza considerablemente distinta" (Lang 1997, 211). "Somos sencillamente incapaces de escuchar la música con los oídos del público de Frescobaldi o de Haydn" (Lang 1997, 206). Y es que "cuanto más seguras y más limpias se han hecho las interpretaciones, tanto más evidente se ha hecho la idea de que no representan la realidad y la autenticidad históricas, del mismo modo que no existió nunca la interpretación ideal" (Lang 1997, 215).
Este es otro de los puntos claves de esta reflexión: ¿si reconstruyéramos una obra tal como se tocó en su época podríamos decir que fue así como la quiso el propio compositor?
Y de aquí, por tanto: ¿la función del interprete cuál es: reconstruir la pieza tal como se oyó en su época o reconstruirla tal como le hubiera gustado al compositor que sonara? "El ideal, las interpretaciones «estríctamente auténticas», con su pretensión de ser las únicas válidas, amenaza con situar la interpretación «correcta» con toda su parafernalia fuera de la vida musical cotidiana, rodeándola de un aura de fe de sus adoradores" (Lang 1997, 216).
Si nuestra pretensión fuera reconstruirlas tal como se oyó en su época podríamos preguntarnos: ¿pero como se tocó la primera vez, la segunda..., la última? Lang nos alumbra en esta cuestión: "Otro ejemplo es la ópera barroca. [...] En su tiempo, el tiempo que pasaba entre la composición y la primera interpretación era de unas pocas semanas. Ya en la segunda interpretación, el compositor y el libretista empezaban a hacer cambios porque los dos habían pensado cosas mejores a partir de la primera interpretación. Después, cuando al reparto se sumaban nuevos cantantes se daban toda clase de alteraciones, transposiciones y recomposiciones para adaptarse a las capacidades de los nuevos cantantes; había que guardar un protocolo, porque la segunda donna o el segundo uomo no aprobaban la música complicada. Lo cual, a su vez, precisaba cambios de libreto, pero tales cambios, generalmente muchos, podían no entrar en la partitura del director. Había poco tiempo y el director era normalmente el propio compositor que sabía de qué iba la cosa. [...] La ópera barroca raramente se representaba dos veces de la misma manera. [...] A partir de este revoltillo enloquecido hace falta un trabajo detectivesco complejo para establecer qué es una partitura «auténtica»" (Lang 1997, 217 y 218).
Ante esta maraña de complejidades, Lang nos recuerda la necesidad de negociar con la realidad: "Pueden tener [los puristas] la confirmación de las fuentes documentales o de las condiciones generales aplicadas a un caso concreto; pero en su compromiso final, estos devotos son incapaces de llegar a un acuerdo intermedio. La realidad es más frágil, inestable y, sobre todo, más variada que la teoría" (Lang 1997, 215).
Para ejemplificar la fragilidad de esta realidad, Lang nos pone un ejemplo entorno a las pretendidas reconstrucciones de las canciones medievales: "Lamentablemente avanzamos en el laberinto de la canción medieval en medio de la confusión y de pistas falsas porque tenemos pocos hechos disponibles con los que trabajar. Puede que reinventar los mitos sea la única manera de conservarlos" [...] "En las canciones de trovadores con el cantante acompañándose de un rabel o una viola o de cualquier otro instrumento «original» [...] no se puede garantizar ni la melodía ni el acompañamiento. Sí, las afinaciones y las canciones son esas, y son genuinas; pero no sabemos nada de su duración ni de su ritmo. Tres eruditos eminentes se pasaron toda la vida intentando descubrir el sistema rítmico de estas canciones y llegaron a tres hipótesis diferentes. A esos tres les siguieron otros muchos, y la enorme literatura sobre las canciones monofónicas medievales sigue siendo tan dubitativa como las canciones que cantaban las sirenas. Por lo que hace a los acompañamientos, son como corbatas mal puestas; nadie sabe, ni siquiera podrá saber nunca, lo que los trovadores, troveros o juglares y músicos tocaban cuando cantaban" (Lang 1997, 216 y 217).
Y sin datos científicos fehacientes vemos el mercado repleto de reconstrucciones presuntamente históricas que se revisten con el marchamo de lo “auténtico”. "La construcción de sistemas y modos de interpretación a partir de pistas sueltas dan origen a muchos problemas insolubles y a interminables discusiones. Lo que debemos rechazar no es la precisión histórica o el uso de los instrumentos originales per se –nos dice Lang–, sino la aplicación rígida de datos históricos imperfectos o incompletos" (1997, 218).
Y esto que vemos con claridad en los datos, es mucho más evidente en los instrumentos, fuente final del color. Lang nos dice: "Rara vez tenemos la suerte de descubrir instrumentos muy antiguos intactos y en buenas condiciones para tocar, pero cuando eso ocurre podemos estar seguros de que han sido reconstruidos, normalmente más de una vez" (Lang 1997, 244). "Todo ello dio como resultado una confusión de formas, afinaciones, timbres, número y cantidad de las cuerdas que se usaban. Los instrumentos variaban, muy a menudo, no sólo de país a país sino de constructor a constructor dentro del mismo país" (Lang 1997, 244). "Los instrumentos” –nos recuerda– “eran defectuosos y las orquestas mal afinadas. [...] Por tanto, la «autenticidad» que anhelamos pretende unas condiciones que jamás existieron" (Lang 1997, 241).
En esa fidelidad a lo original, Lang percibe posiciones dogmáticas insostenibles. "Alguno de nuestros conjuntos barrocos” –dice– “no permitirían el uso de artilugios tan inocentes y tan útiles como los apoyos de barbilla del violín. Es absurdo insistir en semejante ascetismo: ¿o es que el apoyo para la barbilla destruye la autenticidad al facilitar la interpretación al violín? ¿Es que la autenticidad significa que los ejecutantes deben estar condenados a la incomodidad permanente?" (1997, 245). "Desgraciadamente” –continúa irónicamente–, “para muchos aficionados del movimiento de la práctica de la interpretación vale cualquier cosa siempre que no nos recuerde a nuestros modernos instrumentos" (Lang 1997, 246).
Además de en los instrumentos, donde podemos observar una fuente continua de conflictos es en el tratamiento de la ornamentación: los adornos, trinos, utilización del vibrato, uso del rubato. "La ornamentación” –nos dice Lang– “es uno de los aspectos más destacados de la práctica de la interpretación; también es el que se debate con más intemperancia ya que estudiosos y músicos absolutamente capaces, honrados y acostumbrados a trabajar duramente se tiran de los pelos unos a otros" (Lang 1997, 261). La razón principal para no poder establecer un canon de uso común de la época es que no lo había. "En los diversos tratados solemos encontrar comentarios de que este o aquel adorno «ya no se utiliza de esa manera» o que «ya no está de moda». Juan Bermudo, en su importante tratado Declaración de Instrumentos (1555) señala: «Los adornos los aprenderá el lector de un buen maestro, por lo cual no deben debatirse aquí en detalle». Y añade: «Cambian casi de día en día». Esta misma idea la expresan muchos otros escritores" (Lang 1997, 249). Y si alguna vez se intentó compendiar, como es el caso del manual escrito por Tosi, los distintos editores locales modificaron sus ediciones. "Desgraciadamente, Tosi, que de un modo u otro fue la fuente de toda la literatura sobre el tema [la ornamentación], no utilizó ejemplos musicales en su obra original de 1723. Fueron los editores y los traductores de las numerosas ediciones de esta obra fundamental los que los aportaron, naturalmente con una fuerte tendencia a inclinarse hacia sus puntos de vista nacionales, con lo cual no se pueden utilizar como documentación; cada cual debe hacer sus propias traducciones" (Lang 1997, 255).
Llamamos rubato a la interpretación desigual de notas que, sin embargo, literalmente sí tienen la misma medida. Esto es usado para alargar o acelerar los tempi en pasajes puntuales, utilizándose como recurso expresivo. La mayoría de estos efectos no se escribían y difícilmente podemos saber cómo se realizaron. "Las notas desiguales” [rubato] –nos explica Lang– “es una forma de ornamentación rítmica producto del barroco francés. [...] La estratagema no se indica mediante notación ni mediante instrucciones verbales; era tan bien conocida que los compositores indicaban cuándo no querían que se aplicara. [...] La práctica de las alteraciones rítmicas debe de haber sido antigua y ubicua pero no podemos convertirla en una exigencia por haber sido siempre variable y no siempre aplicada. Sabemos, por ejemplo, que Frescobaldi ya exigía un uso abundante del rubato. El objetivo de todas estas prácticas era, y sigue siendo, liberar al ejecutante de los «rigores de la medida» en bien de la libertad de la interpretación" (Lang 1997, 256 y 257). Por lo que imitar a los antiguos debería significar imitar su libertad y no sus reglas. La libertad del intérprete le permitía jugar con los rubatos y con las apoyaturas. "Desde luego no pudo haber ningún uso de las apoyaturas consistente o estandarizado porque dependían de los sentimientos de los ejecutantes y de su simpatía con los pensamientos no expresados por el compositor" (Lang 1997, 258).
Lo mismo ocurría con la utilización del vibrato. Todo el movimiento “auténtico” ha dado un especial énfasis a este aspecto. La línea melódica debía sonar sin vibrato alguno, el vibrato se consideraba un efecto superfluo y grandilocuente de la pomposidad Romántica. El Romanticismo, realmente, hizo su propia lectura del pasado y ha afectado grandemente la percepción de los oyentes e intérpretes del siglo XX de todas las músicas anteriores. Antoine Hennion, el autor del libro La pasion musical, circunscribe muy bien esta problemática: “El debate se complica todavía más por la existencia de otro siglo intermediario, el XIX, que, ante los barrocos y a su manera, se había reapropiado ya de una parte de ese repertorio olvidado, repoblando también el mundo de la música del siglo precedente, pero con todos los elementos de su propio mundo musical: sus instrumentos –comenzando por el piano y la orquesta sinfónica, inexistentes en el XVIII–, sus técnicas de interpretación, sus fraseos, sus concepciones del ritmo, del gusto, del concierto, del sonido, etc., en resumen, su definición de lo que es la música” (Hennion, 1993, 40), en la que figura como técnica de utilización obligada la del vibrato. Sin embargo, para los defensores de la música con instrumentos y técnicas de su época, las cuerdas debían sonar sin ese característico movimiento del dedo sobre ellas que al producir una oscilación en la afinación de la nota amplía su sonido y, para muchos, su belleza; los cantantes, en especial las mujeres, debían imitar a las voces limpias y lineales de los niños sin vibración alguna. Este ha sido uno de los puntos sobre los que con mayor insistencia han presionado los profesores de estas disciplinas. Lang, sin embargo, nos cuenta lo que las investigaciones históricas serias han avanzado sobre la cuestión: "Aunque casi todos los teóricos utilizaron muchos términos de forma vaga, conocían el papel fundamental del vibrato. Silvestro Ganassi, en su manual de viola de gamba (1543) permite que se use «libremente», mientras Mersenne menciona en 1636 el tremblement como efecto poderoso para «dulcificar el sonido». Pero la primera y más importante discusión del término aparece en El arte de tocar el violín a finales del Barroco (1740 y 1751), de Geminiani. Afirma que «el vibrato contribuye materialmente a hacer el sonido agradable y por ese motivo debería utilizarse todo lo posible»" (Lang 1997, 259), aunque, como hemos dicho, durante los primeros quince años de eclosión del Movimiento “históricamente informado” (ahora existe una cierta flexibilidad, aunque no demasiada) la utilización del vibrato fue una de las prohibiciones más estrictas y uno de los referentes paradigmáticos del movimiento.
Algunos efectos en el fraseo musical que se utilizaron en la época y que fueron terriblemente criticados como los passaggi, los trinos y las cadencias [...] que destruía el diseño, la melodía y la verosimilitud dramática, [...] estaba entre las razones principales para la defunción de la ópera seria. Ahora que con tanto afán se quiere resucitar la ópera barroca ¿deberemos resucitar también la práctica que la mató porque es la que se hizo?
"¿Cómo podemos, viviendo como vivimos en los últimos años del siglo XX” –nos dice Lang en 1997– “inventar ornamentos vocales con el espíritu de esa época?", (1997, 261).
"Las interpretaciones absolutamente auténticas” –concluye el profesor de la Columbia– no son conseguibles porque, incluso en nuestra época plena de información, no hay tanta abundancia de hechos sobre la práctica de la interpretación como para asegurar una autenticidad absoluta" (Lang 1997, 219).
Terminemos estas referencias de la visión que tienen algunos musicólogos con la visión de Luca Chiantore, pianista, musicólogo y pedagogo, autor de la primera Historia de la técnica pianística, donde ha expuesto un trabajado catálogo de las distintas formas de tocar el teclado a lo largo de la Historia. En este libro expresa una máxima categórica: "Nunca existió una única forma de tocar, sino muchas y muy distintas entre sí" (2001, 13). Y critica a los actuales investigadores que tienden a un cierto dogmatismo: "¿Cómo puede el teórico, ante las múltiples opciones que nos propone la historia de la interpretación, proclamar la superioridad de una teoría sobre todas las demás? ¿Cómo puede el artista adaptar a su propia idea de la ejecución la escritura de los diversos compositores sin que se diluyan las diferencias estilísticas?" (Chiantore, 2001, 18). “Conocer el origen de una obra” –termina diciendo–, “lo que fue su punto de partida o su pretexto, no nos revela lo que ella es” (Schloezer y Scriabine 1959, 47).

Sin embargo, las respuestas más categóricas que hablan de la dificultad del ser histórico y su comprensión por los cohetáneos y, por ende, de la imposibilidad de reconstruir el pasado, nos la dan los pensadores y filósofos.
Partiendo del concepto de vivencia estética, G. Lukács (Die Subjekt-Objekt-Beziehung in der Asthetik en Logos VII, 1917-1918, citado por Valery, o.c., 83) nos dice: “La obra de arte es sólo una forma vacía, un mero punto crucial en la posible multiplicidad de las vivencias estéticas; sólo en ellas ‘está ahí’ el objeto estético. Como puede verse, la consecuencia necesaria de la estética vivencial es la absoluta discontinuidad, la disgregación de la unidad del objeto estético en la pluralidad de las vivencias. Enlazando con las ideas de Lukács, formula Oskar Becker (Die Hinfälligkeit des Scónen und die Abenteuerlichkeit des Künstlers, en Husserl-Festchrift, 1928, 51): ‘Hablando temporalmente, la obra sólo es en un momento (esto es, ahora), es ‘ahora’ esta obra y ya ahora mismo ha dejado de serlo!’ Y efectivamente, esto es consecuente. La fundamentación de la estética en la vivencia conduce al absoluto puntualismo que deshace tanto la unidad de la obra de arte como la identidad del artista consigo mismo y la del que comprende o disfruta”. Por tanto, como la obra sólo existe en un momento es imposible reconstruirla.
Gadamer, en Verdad y Método, viene a decir lo mismo cuando critica la postura de Schleiermacher: “La conciencia estética posee así el carácter de la simultaneidad, pues pretende que en ella se reúne todo lo que tiene valor artístico. La forma de reflexión en la que ella se mueve en calidad de estética es, pues, sólo presente. En cuanto que la conciencia estética atrae a la simultaneidad todo aquello cuya validez acepta, se determina a sí misma al mismo tiempo como histórica. [...] Están unidos el momento estético y el histórico en la conciencia de la formación” (Gadamer, 1960, 126). Por lo tanto, aunque la conciencia estética deba ser objetiva y “pura”, es, se quiera o no, histórica por la imposibilidad de apartamiento de lo heredado.
En este libro, Gadamer, llega a comprender que el problema de la historicidad en el arte afecta de manera directa a la reconstrucción de las obras musicales y a la profesión de intérprete o ejecutante musical, y especifica para este determinado caso: “La interpretación es en cierto sentido una recreación, pero ésta no se guía por un acto creador precedente, sino por la figura de la obra ya creada, que cada cual debe representar del modo como él encuentra en ella algún sentido. Las representaciones reconstructivas, por ejemplo, la música con instrumentos antiguos, no resultan por eso tan fieles como creen. Al contrario, corren el peligro de ‘apartarse triplemente de la verdad’, como imitación de imitación (Platón). La idea de la única representación correcta tiene incluso algo de absurdo cara a la finitud de nuestra existencia histórica”. [...] “El que estas obras procedan de un pasado desde el cual acceden al presente como monumentos perdurables no convierte en modo alguno su ser en objeto de la conciencia estética o histórica. Mientras mantengan sus funciones serán contemporáneas de cualquier presente” (Gadamer, 1960, 165). Porque, como dice más adelante: “Cada repetición es tan original como la obra misma” (1960, 168). Y continúa aclarando la cuestión: “La imagen no es copia de un ser copiado, sino que comunica ónticamente con él” (Gadamer, 1960, 192). Así, igualmente, lo que nos importa de cara a la interpretación musical es que la versión óptima es la que de sí mismo pueda tener la obra que, como nos es inaccesible, debemos buscar –comunicar- por medio de los intentos interpretativos. Nuestra interpretación no será, pues, más que un intento de comunicación con la verdad óntica de la propia obra. “La ‘idealidad’ de la obra de arte no puede determinarse por referencia a una idea, la de un ser que se trataría de imitar o reproducir; debe determinarse por el contrario como el ‘aparecer’ de la idea misma” (Gadamer, 1960, 193). “En consecuencia” –recalca–, “forma parte de la esencia de la obra musical o dramática que su ejecución en diversas épocas y con diferentes ocasiones sea y tenga que ser distinta” (Gadamer, 1960, 198).
Después de esto nos aclara la función del intérprete poniendo como ejemplo a los restauradores de monumentos: “Las obras arquitectónicas no permanecen impertérritas a la orilla del río histórico de la vida, sino que éste las arrastra consigo. Incluso cuando épocas sensibles a la historia intentan reconstruir el estado antiguo de un edificio no pueden querer dar marcha atrás a la rueda de la historia, sino que tienen que lograr por su parte una mediación nueva y mejor entre el pasado y el presente. Incluso el retaurador o el conservador de un monumento siguen siendo artistas de su tiempo” (Gadamer, 1960, 208).
Continuando con sus críticas a Schleiermacher, nos dice: “Esta determinación de la hermenéutica acaba tiñéndose del mismo absurdo que afecta a toda restitución y restauración de la vida pasada. La reconstrucción de las condiciones originales, igual que toda restauración, es, cara a la historicidad de nuestro ser, una empresa impotente. Lo reconstruido, la vida recuperada desde esta lejanía, no es la original. Sólo obtiene, en la pervivencia del extrañamiento, una especie de existencia secundaria”. [...] “Es evidente” –sigue diciendo Gadamer– “que la reconstrucción de las condiciones bajo las cuales una obra trasmitida cumplía su determinación original constituye desde luego una operación auxiliar verdaderamente esencial para la comprensión. Solamente habría que preguntarse si lo que se obtiene por ese camino es realmente lo mismo que buscamos cuando buscamos el significado de la obra de arte” (Gadamer, 1960, 220).
Revisando la aportación de Hegel a esta cuestión, Gadamer comprende que para el maestro de Stuttgart existe una clara conciencia de la impotencia de cualquier restauración: “En Hegel: la investigación de lo ocasional que complementa el significado de las obras de arte no está en condiciones de reconstruir éste. Siguen siendo frutos arrancados del árbol. Rehaciendo su contexto histórico no se adquiere ninguna relación vital con ellos sino sólo el poder de imaginárselos” (Gadamer, 1960, 221). Para Hegel, concluye diciendonos: “La esencia del espíritu histórico no consiste en la restitución del pasado, sino en la mediación con la vida actual” (citado por Gadamer, 1960, 222).

En resumen, si comprendemos de todo lo expuesto que se han ofrecido como razones adversas:
-la imposibilidad de la objetividad a causa de la personalidad de los propios intérprete y a causa de los materiales, técnicas y mecanismos con los que están hechos los instrumentos;
-la imposibilidad de sacar las obras del contexto histórico y, más allá del contexto de las mentalidades los tempi;
-la imposibilidad de encontrar patrones o cánones universalmente aceptables para todos los músicos de una misma época;
-la imposibilidad de describir los sonidos (tan imposible como describir sabores);
-el peligro de querer reconstruir y sin embargo embalsamar
-la dificultad para saber si lo que queremos reconstruir fue la primera versión, la segunda..., la última?;
-la imposibilidad de establecer una sistemática en el uso de adornos, puesto que estos cambiaban continuamente;
-la contrariedad de que se prohiba el vibrato cuando los tratados lo aconsejaban;
-la constatación de que el deseo de realizar una interpretación fiel al original implica una imitación de la imitación; y, por último,
-la aceptación de que la reconstrucción es, como dice Gadamer, una empresa impotente;
llegaremos a la conclusión de que existen más razones de peso en contra que a favor de la posibilidad de la reconstrucción fiel del original.

CONCLUSIONES
Es indudable que el mayor conocimiento de los hechos del pasado, todo lo que envolvió a la creación y reproducción de las obras, es enriquecedor para la ejecución de un intérprete musical. Éste debe plantearse cuál es su misión. En este trabajo se ha especulado con dos opciones: intentar reconstruir cómo se tocó y oyó en la época, y una segunda de la que se ha hablado de pasada porque las dimensiones del estudio de esa materia requerirían mayor amplitud de la que se puede abarcar en este artículo, que es la de cómo la deseó el propio compositor.
En este trabajo, que tiene por finalidad cuestionarse el color, esto es, el sonido resultante de la ejecución musical en torno a los parámetros historicistas y Romántico (que es el que hemos heredado), plantear el debate a favor o en contra de la reconstrucción de las plantillas orquestales, de los timbres usados (qué tipo de instrumentos) y las técnicas debidas para ser tocados o entonados, es lo correcto, porque delimitando el campo del estudio historicista estas son las razones y conclusiones a las que podemos llegar. Pero todo esto sólo serviría para contestar a la cuestión de ¿cuál es el color que debe buscar un instrumentista hoy al interpretar una obra del pasado, la que cree que resulta de la reconstrucción histórica de los datos de instrumentos y técnicas del momento o la que con el legado musical escrito y los avances técnicos heredados sea posible y óptima?
Pero si quisiéramos contestar a la pregunta más amplia de ¿qué criterios debe aplicar un intérprete cuando se enfrenta ante un legado musical escrito (una partitura) para interpretar esa obra?, creo que el intérprete se debería plantear tres criterios más a los dos ya mencionados.
Hemos visto como criterios de interpretación los dos siguientes:
El criterio historicista: reconstruir las obras tal como fueron tocadas en su época; y
El criterio subjetivo: reconstruir la obra tal como creemos que la hubiera deseado escuchar el compositor.
Los otros tres criterios de interpretación posibles son:
El criterio literal: reconstruir la obra tal y como establece la partitura escrita.
El criterio objetivo: reconstruir la obra tal como la propia obra (por su estructura y/o significado) indica. Y
El criterio libre: reconstruir la obra dejando que el intérprete se exprese libremente usándola a ella como instrumento[5].
Existe un sexto criterio que podría mejor denominarse uso y que consiste en interpretar las obras tal como las capacidades y los medios permiten, ya que por más que a veces los intérpretes pretendan un criterio y unos objetivos concretos sus cualidades o las cualidades de las personas con las que trabajan o sus instrumentos y los instrumentos de las personas con las que trabajan, coartan de manera sustancial sus pretensiones.
Pero en niveles profesionales, podría decirse que sin duda, los intérpretes suelen hacer un uso muy ecléctico de los cinco criterios. El hecho de haberlos separado para poder reflexionar sobre ellos de manera disociada es un ejercicio intelectualmente muy higiénico que puede aportar mucha claridad al ejercicio de esta profesión.
En este artículo, ahora que hemos visto los distintos criterios, podríamos decir que hemos hablado de una época en la que de manera desmesurada uno de los criterios quiso imponerse por encima del otro, quizás como reacción ante la época en la que el quinto criterio arrasó todas las mentalidades de intérpretes y público.
El conocimiento de los elementos históricos y de los deseos del compositor, la correcta comprensión de los legados escritos y la comprensión del espíritu o sentido de la obra son elementos enriquecedores para cualquier intérprete que no deben ser orillados. Pero también lo han de ser para el público, la crítica y los programadores que deben distinguir entre la moda y la expresión artística de los reconstructores de obras musicales. El conocimiento, pues, ha de llevar al mundo del arte a una posición eminentemente tolerante y no, como viene ocurriendo durante los últimos treinta años, dogmática.

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REVISTAS

- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 1. Diciembre-enero 1997. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 3 Junio-agosto 1998. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 7 Junio-agosto 1999. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 10 Marzo-mayo 2000. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 11. Junio-agosto 2000. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 13 Diciembre-enero 2000. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 15 Junio-agosto 2001. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 17 Diciembre-enero 2001. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 18 Marzo-Mayo 2002. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 19 Junio-agosto 2002. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 21 Diciembre-enero 2002. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 22 Marzo-mayo 2003. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 23 Junio-agosto 2003. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 24 Septiembre-noviembre 2003. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 25 Diciembre-enero 2003. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 27 2004. Goldberg ediciones. Pamplona.
- Goldberg. Revista de música antigua. Nº 28 Junio-agosto 2004. Goldberg ediciones. Pamplona.





[1] “Cuando dirijo la Misa en si menor de Bach con una orquesta moderna, aunque la interpretación sea la mejor posible siempre hay algo que se pierde, ya que los músicos tocan instrumentos que no han sido concebidos para esa música. Todos los instrumentos de cuerda han sido modernizados, incluso durante el siglo XIX.” (BRÜGGEN, Goldberg 11, 2000, 42)
- "Este verano hemos grabado la obertura del Barbero de Sevilla de Rossini. [...] Hemos devuelto a esta música las condiciones en que se compuso, respetando el texto hasta el mínimo detalle" (Alessandrini en Goldberg nº 17, 2001, 48).
- "Para interpretar acertadamente las quince estrofas de una canción medieval, tendría que pensar en las distintas maneras en que fueron interpretadas en su momento, e introducir en su ejecución ese tipo de variedad" (Picket en Goldberg nº 18, 2002. 36).
-“El Lamento d'Arianna, la parte conservada de la ópera de Monteverdi, fue ejecutado originalmente sólo por violas y una voz. Ésa era la manera tradicional de interpretar un lamento" (Picket en Goldberg nº 18, 2002. 44).
- Peter Holman muestra su "oposición a las escenificaciones modernas de óperas barrocas. [...] Habría que darle la oportunidad de experimentarlas tal como son" (Holman en Goldberg nº 19, 2002. 42).
-“Por supuesto, cuando lees las fuentes antiguas, acabas por tomar de ellas lo que más se adecua a tu personalidad, pero tienes que ser cuidadoso; no puedes introducir algo que no esté allí de ninguna manera. Si todas las fuentes barrocas nos hablan con gran detalle sobre la articulación y su importancia, tú no puedes simplemente desechar ese elemento, y lo mismo sucede con el vibrato. Debes trabajar con lo que las fuentes te dicen y pensar cómo aplicarlo” (Koopman en Goldberg, nº 24, 2003. 45-46).
-“BWV 205a se ha perdido, y creo que es imposible reconstruirla como la interpretó Bach” (Koopman en Goldberg, nº 24, 2003. 47).


[2] Para saber más sobre este tema puede consultarse: MEYER, L. B. 1956 Emotion and Meaning in Music, University of Chicago; ed. cast.: Emoción y significado en la música, trad. José Luis Turina de Santos, Madrid, Alianza, 2001.

[3] “Tanto en la copia de instrumentos originales como en las técnicas de interpretación no se puede simplemente aplicar reglas que no nos garantizan que estemos en lo correcto. La música es el campo de la libertad” (Ghielmi en Goldberg, nº 27, 78). “Las reglas bien utilizadas” –nos explica de manera edificante el viola gambista– nos pueden ayudar a ampliar nuestra libertad y con ello el horizonte creativo, igual que los límites de la vida moral. […] Se llega a pensar que vivir sin reglas nos haría más libres, lo que es absolutamente falso. En el campo de la música las reglas nos llevan hacia una comprensión de nuestra personalidad que permite que esta estalle con más fuerza” (Ghielmi en Goldberg, nº 27, 79).
[4] METZGER, H. y RIEHN, R (Dirs.)
1979 Beethoven. Das problem der interpretation, Edition Text +
Kritik im Richard Boorberg Verlag DmbH & Co. KG; ed.
cast.: Beethoven. El problema de la interpretación, trad. no
consta, Cornellá de Llobregat, 2003.
[5] Puede verse a este respecto mi artículo: Criterios hermenéuticos y tipos de interpretación musical: una propuesta de definición. Publicado en la Revista Música y Educación. Madrid. Junio, 2003.